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¿Qué falla?

30 noviembre 2008

Leo en la prensa un suceso ocurrido en un colegio: Un alumno –menor de edad, para más señas- apuñala a otro compañero de clase durante el recreo. Es un suceso más, al que en esta ocasión presto especial atención al haber ocurrido en el colegio de mi hijo, que a su vez es también el colegio al que fui yo hasta que aprobé por los pelos la selectividad.

Acudo a Google, e introduzco el concepto de búsqueda “apuñala”. 130.000 resultados. No puede ser. Pruebo con “agrede”. 429.000 resultados. “Asesina”: 2.300.000 resultados. No he ido página por página consultando el contexto, como es lógico, pero así, en un primer vistazo, todo lo que veo son noticias, de mayor o menor gravedad, aparecidas en medios de comunicación. Desolador. Y, desde que éstos existen, los hay especializados en sucesos luctuosos. Recuerdo de mi niñez, cuando iba al quiosco a por los cromos de los jugadores de la Liga, leer la portada del periódico “El Caso”. Jamás lo compré, pero sus titulares me llamaban la atención sobremanera. Después vino algún otro, cuyo nombre ya no recuerdo. En televisión, además de la dosis habitual de morbo y sangre en todos los telediarios, también recuerdo desde siempre programas especializados en sucesos, hoy día en gran cantidad. Leer el resto

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Con amigos como estos, ¿quién quiere enemigos?

26 octubre 2008

Hace algún tiempo, me contaron una historia ocurrida al pueblo taraumara, indígenas del norte de México que viven en una lacerante situación de pobreza. A algún gobernante se le ocurrió que, para acabar con este problema la solución era implantar en todas las mujeres taraumaras métodos anticonceptivos, para frenar los índices de natalidad. No se le ocurrió, sin embargo, preguntar a las beneficiarias de tan benéfica medida si deseaban dejar de tener hijos.

Tiempo después, un médico joven fue destinado por el Gobierno a esta región. Su consulta se vio inmediatamente llena de mujeres que acudían a él porque, de un tiempo a esta parte, no se quedaban embarazadas. El médico, como es preceptivo, las iba examinando, y descubrió la implantación masiva de DIU en las mujeres. Al preguntarles por esto, comprobó que todas ignoraban que lo tuviesen implantado. Y, contraviniendo sus órdenes y jugándose el empleo si le pillaban, comenzó sistemáticamente a retirárselo a todas aquellas mujeres que así lo deseaban, una vez informadas de lo que tenían implantado y de sus consecuencias.

Presupongo la buena intención de las almas caritativas que quisieron aliviar la pobreza de los taraumaras… exterminándolos. Porque, si a todas las mujeres taraumaras les implantan un DIU sin que ellas lo sepan, no hace falta ser un intelecto superior para darse cuenta de que, sencillamente, no habrá relevo generacional y el pueblo taraumara desaparecerá de la faz de la tierra. Presupongo también que estas buenas almas no preguntaron antes a las interesadas, porque no cayeron en la cuenta de que a las mujeres taraumaras, seres humanos, inteligentes, libres, y con la misma dignidad que los canadienses o los japoneses, a lo mejor no les gustaba esta medida. No recordaron que los hijos son la mayor riqueza de los pueblos pobres –y de los ricos-. No quiero pensar que, en realidad, fuese una medida premeditada. No me creo que las iniciativas y políticas sociales, a veces, contravengan los derechos de las personas y al más elemental sentido común, en pos de un ¿progreso? inhumano y  liberticida. ¿Seré un ingenuo?

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