“He de amoldarme a ti”, Dulce María Loynaz
21 febrero 2010
He de amoldarme a ti
como el río a su cauce,
como el mar a su playa,
como la espada a su vaina.
He de correr en ti,
he de cantar en ti,
he de guardarme en ti ya para siempre.
Fuera de ti ha de sobrarme el mundo,
como le sobra al río el aire,
al mar la tierra,
a la espada la mesa del convite.
Dentro de ti no ha de faltarme
blandura de limo para mi corriente,
perfil de viento para mis olas,
ceñidura y reposo para mi acero.
Dentro de ti está todo;
fuera de ti no hay nada.
Todo lo que eres tú está en su puesto;
todo lo que no seas tú me ha de ser vano.
En ti quepo,
estoy hecha a tu medida;
pero si fuera en mí donde algo falta,
me crezco…
Si fuera en mí donde algo sobra,
lo corto.
“Tatuaje”, Wallace Stevens
14 febrero 2010
La luz como una araña.
Se arrastra por el agua.
Se arrastra sobre los bordes de la nieve.
Se arrastra debajo de tus párpados
Y esparce allí sus telarañas;
Sus dos telarañas.
Las telarañas de tus ojos,
Se pegaron
A tu carne y a tus huesos
Como la viga a tu hierba.
Hay hilos en tus ojos,
En la superficie del agua
Y en los bordes de la nieve.
“Es la misma palabra”, Xavier Barneys
7 febrero 2010
Es la misma palabra, y sin embargo
lleva amores distintos cada una,
traza igual, equilátera y moruna
pero seis son las frutas que te encargo
a morder con tus seis bocas, acuna
con tu voz la primera, un beso largo
haciendo luz en tu recuerdo amargo,
y ve sin prisa a demorar tu hambruna
que está muy encerrado en ese verbo
cuanto sin orden encontraste en mí,
cada pie, la risa, mi vientre acerbo.
No olvides las seis manos que te di
llevan tiritera y susto de gerbo
ciego que ve una rosa blanca en ti.
“Silencio locuente”, Xavier Barneys
31 enero 2010
Sé que un problema tengo y no conjugo,
al planeta de mi voz nunca se ofrece,
te importa más un verbo que estremece
que tocar todos mis besos y su jugo.
Maldeciré el pasado que te hirió
con tanta pena abierta en un costado,
y que un maldito verbo acostumbrado
dices que cura el labio que rió.
No quiero las manos de las palabras,
ellas siempre reducen lo que miran
tiranas con poder de que te abras.
Prefiero mis silencios, ellos giran
rientes, enloquecidos como cabras
al perfil de tu sueño que respiran.
“Por lo visto”, Jaime Gil de Biedma
24 enero 2010
Por lo visto es posible declararse hombre.
Por lo visto es posible decir no.
De una vez y en la calle, de una vez, por todos
y por todas las veces en que no pudimos.
Importa por lo visto el hecho de estar vivo.
Importa por lo visto que hasta la injusta fuerza
necesite, suponga nuestras vidas, estos actos mínimos
a diario cumplidos en la calle por todos.
Y será preciso no olvidar la lección:
saber, a cada instante, que en el gesto que hacemos
hay un arma escondida, saber que estamos vivos
aún. Y que la vida
todavía es posible, por lo visto.
“Nostalgia de la nieve”, Xavier Villaurrutia
3 enero 2010
¡Cae la nieve sobre la noche!
¡Qué luz de atardecer increíble,
hecha del polvo más fino,
llena de misteriosa tibieza,
anuncia la aparición de la nieve1
Luego, por hilos invisibles
descienden
y sueltos en el aire como una cabellera,
copos de pluma, copos de espuma.
Y algo dulce sueño,
del sueño sin angustia,
infantil, tierno, leve
goce no recordado,
tiene la milagrosa
forma en que por la noche
caen las silenciosas
sombras blancas de la nieve.
“Ausencia”, Gabriela Mistral
27 diciembre 2009
Se va de ti mi cuerpo gota a gota.
Se va mi cara en un óleo sordo;
se van mis manos en azogue suelto;
se van mis pies en dos tiempos de polvo.
¡Se te va todo, se nos va todo!
Se va mi voz, que te hacía campana
cerrada a cuanto no somos nosotros.
Se van mis gestos que se devanaban,
en lanzaderas, debajo tus ojos.
Y se te va la mirada que entrega,
cuando te mira, el enebro y el olmo.
Me voy de ti con tus mismos alientos:
como humedad de tu cuerpo evaporo.
Me voy de ti con vigilia y con sueño,
y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
Y en tu memoria me vuelvo como esos
que no nacieron ni en llanos ni en sotos.
Sangre sería y me fuese en las palmas
de tu labor, y en tu boca de mosto.
Tu entraña fuese, y sería quemada
en marchas tuyas que nunca más oigo,
¡y en tu pasión que retumba en la noche
como demencia de mares solos!
¡Se nos va todo, se nos va todo!
“Amor y tiempo”, Joan Margarit
20 diciembre 2009
Recuerda cuando aún desconocías
que la vida no tendría piedad contigo.
Amor y tiempo: el tiempo nos habita
como arena del río que, despacio,
va cambiando la forma de la costa.
El amor, que ha copiado en tu mirada
la claridad de la isla del tesoro.
Sensual, solitaria, rodeada
por la sonora senectud del mar
y gritos militares de gaviotas.
El sueño clandestino de los cincuenta años.
“A la mujer que vende frutas en la plaza”, Rosario Castellanos
13 diciembre 2009
Amanece en las jícaras
y el aire que las toca se esparce como ebrio.
Tendrías que cantar para decir el nombre
de estas frutas, mejores que tus pechos.
Con reposo de hamaca
tu cintura camina
y llevas a sentarse entre las otras
una ignorante dignidad de isla.
Me quedaré a tu lado,
amiga,
hablando con la tierra
todo el día.
Rainer María Rilke, “Otoño”
6 diciembre 2009
Las hojas caen como si se marchitaran
en los lejanos jardines del cielo:
caen haciendo un ademán de negación.
Y en las noches cae la grávida tierra
fuera de todas las estrellas, en la soledad.
Todos caemos. Esta mano cae.
Y mira a los otros: la caída está en todos.
Y sin embargo, hay uno
que recoge suavemente, sin fin, todas esas caídas
en sus manos.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.

