Quiénes somos
El Guijarro Blanco es una publicación independiente, y de aparición semanal, con dos dedos de frente. Tiene pretensión de lluvia menuda, hace el ruido justo y no deja fango.

Lleva una cualidad más importante que cualquier cantidad: su vocación por hurgar en la pomada de lo que pasa, para buscar hitos de referencia. Se ampara en tres ejemplos de periodismo anglosajón: The Eye Witness, The New Age, The New Witness. Los tres nacieron en torno a los albores del siglo XX, y sus sostenedores fueron tres columnas dóricas del sentido común: Cecil Chesterton, Hilarie Belloc y Gilbert K. Chesterton.
¿Cómo explica el mundo El Guijarro Blanco? Jamás a partir de sistemas que constriñen lo real a un cajón de buró, como el sistema económico, el político, el técnológico. No, la comprensión de los sistemas nos recuerda al psicoanálisis, que una vez que proporciona apuntes del hombre, se olvida de su misterio. El Guijarro entiende el mundo desde la filosofía, que aspira a responder preguntas, plantear problemas y acercarse a la verdad.
Entre los miembros de nuestro equipo, hay una relación de presuntos implicados en una trama de novela negra. El director y cada uno de los colaboradores guarda una pasión que examina a diario y da carrete en cuanto puede. Preferimos la alegría imberbe de Tusitala (nombre samoano de Stevenson) que el cuervo negro de Poe. En el fondo, somos unos críos que han levantado un castillo de arena delante del mar, han desplegado sus pequeñas banderas y estamos encantados de que el hombre sea indefinible.
El niño que mira el guijarro que arastra el mar hasta la orilla, es el ejemplo vivo de nuestra inquietud. No nos interesa la matemática del nuevo puente de Calatrava en Venecia, sino la sorpresa de lo cotidiano. El fundamento de toda poesia es algo tan simple y sorprendente como la digestión, que se produce, como diría Chesterton, en silencio y santidad. La inauguración de unos Juegos Olímpicos es baratija, mucha más luz irradia una frase de Miguel Hernández.
Al ser un medio de comunicación, El Guijarro Blanco atiende a la opinión pública verdadera, no a un estado de opinión creado artificialmente desde los “medios oficiales”. Huye de toda oligarquía de grupos mediáticos, que atienden irremediablemente a la camarilla de los políticos profesionales. Nuestras páginas no manchan los dedos. Nuestro equipo lucha contra la fugacidad de las noticias, las coge por las solapas para sacarle de los bolsillos del abrigo papelitos pequeños, cosas diminutas que no parecen relevantes pero que a la larga son definitivas.
La vida no es una mosca en agonía.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Los zurbaranes de Sevilla han conseguido dejar el tiempo desabotonado, en suspenso. Los chinos dicen que ven la hora en los ojos de los gatos. Baudelaire escribió que cuando se inclinaba sobre aquella mujer que le inspiraba sus mejores versos, y la miraba fijamente a los ojos, veía con claridad la hora, “constantemente la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos y segundos”, y es que cuando uno está con quien ama, al tiempo no le salen grumos. La mirada del espectador de Zurbarán tiene mucho de un estatismo que no desaloja de la realidad, sino que hace descubrir a Dios en los mundos y submundos cotidianos.
Claro, un museo que te recibe con tres patios abiertos (el del aljibe es de ensueño) y con sus silenciosos claustros, sólo interrumpidos por el gorgoteo del agua, insinúa que te espera un recorrido de honda experiencia religiosa.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.

