Sutileza
3 noviembre 2011
Las cosas más inútiles de la vida son las que se muestran definitivamente, de una vez por todas. Menos mal que los humanos ni de lejos somos así. Nuestra suerte es la inaprehensibilidad, por ser portadores de un misterio. A Dalí le gustaban más las películas de Antonioni que las de Fellini, porque en las de Antonioni hay muchos gestos que pasan inadvertidos la primera vez que se ven y, cuando las ves muchas veces, “empiezas a ver ideas que estaban latentes, pero invisibles”. En cambio, decía que Fellini era tan barroco que uno va a ver una de sus películas y al salir no se acuerda de nada.
La sutileza es la cualidad más desnuda de lo humano, porque concuerda con su naturaleza inaprehensible. Lo primero que se debería enseñar a los jóvenes es justamente la sensibilidad para desarrollar un espíritu sutil, y eso es asunto de padres. Lo malo es que la televisión, y no lo digo en genérico, sino que me refiero a muchos de los canales comerciales, se han convertido en maestros de convertir al hombre en una presencia inútil. Nos lo muestran como si fuera un alfiler de corbata, un elemento accesorio, un género propio de la sección de complementos.
En el 2009, el Nobel de Literatura Orhan Pamuk dio unas conferencias públicas en Harvard sobre el arte de escribir novelas. Decía que lo más apasionante del lector es la búsqueda de un centro en la novela, “todo rasgo del paisaje general, cada hoja y cada flor, resulta interesante e intrigante porque oculta un significado”. Así, en el mundo de Tolstói abundan los elementos sugerentes, lo mismo que en Dostoieski y en todo aquello que es auténtico. Cuando un joven de nuestro tiempo, malacostumbrado por el cine blockbuster y esa televisión que mineraliza al hombre, se pregunta por Dios, piensa que se lo van a exhibir con su principio y con su fin. A mí me pasó recientemente. Durante una conversación con un chaval de doce años, me soltó de forma abrupta que sólo creería en Dios cuando lo viera en una foto. Y Dios, que no se muestra como un actor en el día de la premiere, espera que desarrollemos esa cualidad de lo sutil para provocar el encuentro.
En su itinerario de escalones hacia Dios, San Juan de la Cruz decía que “según el hambre así es la hartura”. Antes de proporcionar hartazgos mediocres, habría que despertar un espíritu hambriento y sutil.
Javier Alonso Sandoica


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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