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Matthias Grünewald, el pintor del Calvario

19 abril 2011

La conversión de J.-H. Huysmans fue similar a la de Pablo. Les separan casi veinte siglos, pero en ambos Dios acudió como un embiste, una especie de irrupción descabellada. Huysmans escribía libros satánicos, más bien exabruptos cainítas contra sí mismo, todo eran excesos, delirios de los sentidos. Al convertirse a la fe católica, se transformó en uno de los escritores de referencia de la Francia de finales del XIX.

La editorial “casimiro”, pequeñísima como una cría de vencejo, acaba de parir el monográfico que Huysmans dedicó a uno de los pintores “de entre tiempo” (del Renacimiento al Barroco), menos conocidos: el alemán Matías Grünewald. Casi siempre son Durero o Cranach los que le llevan la delantera en cuanto a popularidad, pero hay en su pintura religiosa una atrocidad mística sobre el misterio de la cruz, que espeluzna.

Huysmans se fija en el retablo de la abadía de Isenheim, en el que aparece la iconografía tradicional en torno a Cristo crucificado: María Magdalena y Juan, los dos acompañados de un sorprendente Bautista. Menos mal que existe Internet y podemos contemplar, aunque sea sólo una breve referencia visual, la reproducción de uno de los Calvario más espeluznantes, y al tiempo luminosos, de todos los tiempos.

Escribe Huysmans, “Es el Cristo de tétanos, el que se había asimilado a los más miserables, a todos los que viven en la fealdad o la indigencia, y sobre los cuales se encarniza la cobardía del hombre. El más humano de los Cristos, un Cristo con la carne triste y débil”. El naturalismo en pintura no se había atrevido hasta Grünewald, a expresar el dolor de Cristo en la cruz con tanta crudeza, “jamás pintor alguno había hurgado de aquella forma en el carácter divino”.

El tamaño de Cristo es inmenso, desproporcionado con relación al entorno. Los pies hinchados, los huesos retorcidos. Las veces que he entrado en el Prado a ver el “Descendimiento” de Van der Weyden, he salido reconfortado espiritualmente, por haber visto una inspirada escenografía de ballet. Pero la obra de Grünewald reproduce literalmente el canto del siervo de Yahvé, “ante el cual, se vuelve el rostro”. Y concluye Huysmans, “aquella carroña desconsolada era la de un dios, sin aureola, sin nimbo, en la simple ridiculez de aquella corona enmarañada, sembrada de granos rojos”.

Javier Alonso Sandoica

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