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La enfermedad necesaria

26 febrero 2011

Hay una frase certísima de Susan Sontag, “a todos al nacer nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos; y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse como ciudadano de aquel otro lugar”. He descubierto un librito valiosísimo de un escritor mejicano que no conocía, Juan Domingo Argüelles, y del que nadie en España se había interesado hasta la fecha por él. La editorialfórcola” ha publicado recientemente su “Escritura y melancolía”, digresiones de un escritor que pasó por una depresión estructural que lo mantuvo alejado de los bríos naturales del mortal. Para un lector compulsivo como él, debió resultarle inhumano el desinterés que produce la depresión por todo aquello que posee un barniz de vida; el mar ya no produce calma en el espíritu, es sólo un lugar donde arrojarse. Argüelles anduvo anotando citas y reflexiones sobre el dolor.

Una vez pasada la tortura ha producido un libro necesario. Pone a la enfermedad en su sitio, no al final de la clase sino en el primer banco, cerca de la pizarra, porque anda harto de las supercherías de los charlatanes contemporáneos que ocultan la enfermedad o venden la salud perfecta como el estado natural de los humanos, “científicamente, la salud perfecta no es más que un ideal, o peor aún, una utopía o una quimera. Novalis decía que el ideal de la salud perfecta sólo es interesante para los médicos, pero lo realmente interesante para el ser humano es la enfermedad, que pertenece a todos los individuos”.

Hay fantoches (Argüelles incluye a Deepak Chopra, muy leído) que engañan y te dicen que la voluntad es capaz de todo. ¿Capaz de superar una depresión?, ni por asomo. “Una de las lecciones que aprendí de la depresión grave es que no hay que prestar atención a los charlatanes de toda laya que nos aseguran que no hay imposibles. De hecho, cuando alcanzamos la seguridad de nuestras limitaciones y dejamos de desear lo imposible, la vida se nos complica mucho menos”. Lo más grande del hombre nace en desgarro, por carencia y no por bienestar. Rilke tenía la certeza de que la obra de arte es el resultado de haber estado en peligro, no como fruto de una jornada dominguera con las piernas al sol.

Y la pasión, quizá la manera más propia como el hombre se dirige al mundo, no se libra de los sufrimientos. Ninguna gran obra de envergadura sale de las manos del hombre sin pasión, pero en la pasión habitan dos ciudadanas vecinísimas, el dolor y la alegría. Dice Argüelles que las malas pinturas, las pésimas composiciones y los libros absurdos “han reclamado su lugar en la pasión, pero no así las obras correctas de simples escribidores”. La corrección, qué palabra tan obscena.

Lo que más me interesa de Argüelles es que no es el bibliófilo que encuentra en los libros esa recompensa definitiva que es la felicidad, no, el sabe muy bien que el hombre se hace grande fuera de los libros. Estos sólo propician el intercambio profundamente humano, es el amor la clave del verdadero encuentro. Así también lo entendía Ortega cuando decía que había que favorecer la “involución” en los libros, que éstos no nos condujeran a la erudición y la criptología sino a la conversación y la humanidad. “¿Qué queda de lo escrito y para quién?, en el mejor de los casos una semilla en estado latente a la que sólo le puede dar vida la elevación de la sensibilidad del que lee”.

Javier Alonso Sandoica

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Commentarios

One Response to “La enfermedad necesaria”

  1. Juan Domingo Argüelles on febrero 26th, 2011 19:48

    Javier:
    Muchas gracias por tu gentil lectura. Gracias por los generosos conceptos sobre mi librito. Tener lectores como tú es un lujo en estos tiempos en los que la bibliolatría se fija tan escasamente en lo que contienen los libros. Por lectores como tú, me siento reconfortado de haberlo escrito y de haberlo publicado. Encontrar empatías siempre es algo maravilloso, porque escribir y publicar libros es una forma de dialogar con aquellos amigos que no conocemos pero que presentimos.
    Otra vez, mi gratitud.
    Con un abrazo.
    JUAN DOMINGO

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