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Víctor Ullate, coreógrafo y director del espectáculo ‘Samsara': «Los programas de baile acaban en ‘reality’»

2 mayo 2010

Su brío ha encandilado al público del mundo entero, sus giros enloquecieron a Nureyev; su desparpajo a Béjart y su técnica le ha hecho merecedor del Premio Nacional de Danza, la Medalla de Oro de las Bellas Artes o el Max de Honor. Uno de los bailarines, directores y coreógrafos más respetados de la profesión puso el broche de oro al Festival de Danza de Marbella. Su compañía puso el passado fin de semana en escena ‘Samsara’, un personal y exótico viaje por Oriente, de la mano de Víctor Ullate.

-¿Ha significado su consagración como coreógrafo?
-Sería muy pretencioso por mi parte decir una cosa así. Sí ha sido un espectáculo que me ha dado muchas satisfacciones, pero sobre todo al público, que es de lo que se trata. Que no salga como ha entrado sino impregnado de todas esas sensaciones que tiene que transmitir un ballet.

– ‘Samsara’ surge después de una experiencia vital muy fuerte.
-Había tenido dos infartos y tuve que volver al hospital para que me hicieran un segundo catéter. Y dije «pues bueno, si me tengo que ir me iré, pero me iré en paz, relajado». Pensé en la India, Nepal… en todos mis viajes. Y ese sueño lo puse en práctica.

-Usted ha explicado muchas veces la importancia que ha tenido Maurice Béjart en su carrera, pero quizá lo que se conoce menos es el desparpajo con el que le convenció para que lo viera bailar…
-(Risas). Sabía que había una compañía muy importante que se llamaba los Ballets del siglo XX. Tenía 17 años y me presenté en el Teatro de La Zarzuela poco antes de que comenzara el espectáculo. Él estaba en escena y le pregunté si era Béjart; me respondió que sí y le dije «entonces tiene usted que verme bailar». Le insistí en que me viera unos minutos y que me dijera si valía o no. Se echó a reír y me dijo ‘sube, que si tengo tiempo voy a verte’. Y subió y se quedó impresionado. Me vio toda la compañía y tuve una ovación grande. Béjart me dijo que me quedara a ver el espectáculo y que luego hablaríamos. Tras la función me explicó que no tenía plaza libre y que además me veía un poco bajito. Le respondí «eso ya lo sé pero, ¿para eso me ha hecho quedarme toda la función?» Él rió a carcajadas y me prometió que en quince días tendría un contrato. Le caí en gracia…

-A él y a muchos grandes. Rudolf Nureyev le pidió que le enseñara a girar…
-¡Ah!, sí. Estábamos en clase y me vino un bailarín y me dijo «oye, Rudolf dice que le tienes que enseñar a girar». Le miré y me reí.

– Antes de usted no había cantera. ¿Se emociona cuando ve a dónde han llegado sus alumnos? Lucía Lacarra, Tamara Rojo, Ángel Corella…
-Hay muchos de los que he formado a los que no se les oye. Con todos se me llenan los ojos de lágrimas.

-Es Premio Nacional de Danza, Premio Max de Honor… y encima cuenta con el cariño del público.
-La gente es muy generosa. Con ‘El Sur’ fuimos a León y una señora me dijo: «No podía irme del teatro sin darle las gracias. Hace cuatro meses que ha muerto mi hijo de 24 años y hasta este momento no había pasado ni un sólo instante de felicidad».

– También ha pasado momentos amargos. Cuando se presentó como director del Ballet Nacional, en Sevilla, había más bailarines que público…
-Los comienzos son difíciles. A mí me ha tocado bailar con la más fea porque cuando empecé en el Ballet Nacional no había nada: ni medios, ni dinero, ni predisposición.

-¿En danza vale todo o a veces se da gato por liebre?
-Hay de todo, hay mucho intrusismo. Aunque la gente que ama la danza e intenta hacer cosas por la danza merece mis respetos.

-Ahora se han puesto de moda los programas de baile en televisión ¿eso ayuda a este arte?
-Sí, si ayuda. Lo que pasa es que terminan siendo un ‘reality show’.

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