2016, 2%, 20%
2 mayo 2010
Las cifras no hablan solas. Las cifras necesitan un contexto para que las noticias alcancen a las personas, que son quienes nos deben importar. Y acabamos de vivir unas semanas de cifras y letras. Cifras como la ofrecida por el Fondo Monetario Internacional, que se fía poco del quehacer de nuestro Gobierno y retrasa hasta 2016 la posibilidad de crecimiento por encima del 2%.
Ese 2% no es un dato elegido al azar por el organismo internacional que sale al rescate de los necesitados si se comprometen a apretarse el cinturón hasta que duela. Al contrario, es el punto de inflexión de las economías, el momento en el que el crecimiento económico se traduce en creación de empleo que, a su vez, se traduce, en riqueza para los hogares, en nuevas inversiones y en más generación de empleo.
El 20% es la tasa de paro, un codiciado y temido dato que al Instituto Nacional de Estadística se le filtró antes de tiempo, antes de que el Gobierno pudiera maquillarlo de algún modo y dulcificarlo para alimentar al público. De cada 100 personas que desean trabajar hay 20 que no consiguen un empleo. Es devastador.
2016, 2% y 20% juntos nos dicen que la situación va a empeorar. El motivo es simple: si hasta el 2016 no empezamos a generar empleo, quedan muchas promociones de egresados de las aulas de educación obligatoria o superior que tendrán serias dificultades para encontrar un hueco en el mercado laboral. Eso significa que la tasa de deseosos de encontrar trabajo no hará sino aumentar.
Y para cerrar el baile de cifras, unas letras, la AA con tendencia a la baja que nos ha devuelto Standar&Poors en la maltrecha cartilla de notas.
La agencia, que con las otras dos grandes no supo ver la crisis de las hipotecas de alto riesgo o la quiebra de los grandes bancos de inversión, es, hoy por hoy, la guía para que el resto del mundo pose los ojos de su deseo inversor en nuestro país. Y no somos nada apetecibles con una flecha señalando hacia la debacle. Las cifras no hablan solas, pero con el pertinente contexto nos dicen que no nos espera nada bueno.
María Solano
Universidad CEU San Pablo


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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