“Invocación a mi cuerpo”, Vergílio Ferreira
25 abril 2010
Civilizaciones desaparecidas, civilizaciones que nacen, especies humanas que se suceden unas a otras en el mismo planeta. ¿Cuántos impulsos humanos precedieron al nuestro en la Tierra ¡El nuestro es tan reciente!
Admitir un único ciclo de vida humana para la Tierra es casi ridículo, sería como construir un palacio fantástico para que solo una única vez alguien descanse unos minutos.
Porque imaginar el Universo sin la vida en él, y sobre todo, sin la vida inteligente, es profundamente incomprensible. Con Dios o sin él, el Universo, para que realmente exista, tiene que tomar conciencia de sí mismo a través del hombre. Pero, ¿cómo sentir la existencia de la Tierra –es decir, su destino- con alguna justificación, con alguna comprensión, si apenas existe la casualidad infinitesimal de un instante de la vida humana? ¿Cómo no imaginar un superciclo único desplegado en ondas multiformes a través de todo el universo?
Un mundo sin seres humanos es incomprensible, sería un mundo para nada, pero sobre todo, no se sabría que es para nada. Es menos absurdo saberse ser absurdo que ni siquiera saber reconocerlo. Un universo sin seres inteligentes ni siquiera tendría el significado de su falta de significado.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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