“Memento Mori” de Muriel Spark, recuerda que vas a morir
18 abril 2010
La ensayista Bárbara Harrison Grizzuti definió a Muriel Spark (Edimburgo 1918-2006) como “una escritora cómica, profundamente seria, cuyo ingenio amplifica, nunca socava o rebaja, sus ideas”. La aproximación es justìsima. Esa magnífica doble naturaleza se percibe en esta novela mordaz escrita en 1959 que, por fortuna, un nuevo sello editorial acerca a los argentinos en una cuidada edición que hasta rescata el arte del prólogo excelente.
Memento mori es una lúcida reflexión sobre la ancianidad en general. Los personajes principales tienen más de setenta años. Son deliciosos. Sus obsesiones, mezquindades y grandezas nos seducen y conmueven. La muerte, la senilidad y el chantaje circulan por la trama, pero un humor delicado lima las aristas más filosas. El eje del libro es una conmoción: alguien está llamando por teléfono a los ancianos para espetarle sin rodeos: “Recuerde que debe morir”. La policía se encoge de hombros. ¿Acaso se trata de histeria colectiva?
Descubrir a Muriel Spark es un placer enorme. ¡Qué bien escribía! La ironía, la denuncia oblicua, la perplejidad católica son algunas de sus señas de identidad. Asombra su manejo del tiempo: salta al pasado y vuelve al presente con un pestañeo, sin que se corte el hilo narrativo. El proemio exalta, con toda razón, el estilo despojado y claro, la concisión euclidiana.
“¿Algún escritor de ficción desde Hemingway ha tenido más fe en la simple oración declarativa, el sencillo sustantivo anglosajón?”, escribió John Updike sobre esta dama escocesa cuyas veinte novelas han cosechado tantos elogios eminentes. Cuidando a una abuela agonizante durante la infancia -explicó Muriel en su momento- aprendió un par de cosas sobre la pérdida de la lozanía. Gracias a Dios decidió volcarlas en una obra encantadora.
Guillermo Belcore


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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