El Juli, volcán en erupción de auténtico toreo bajo la lluvia
18 abril 2010
El pasado viernes, el dios de la lluvia se asomó a la Maestranza para conocer si hay hombres que burlan la muerte con arte. Y bajo su manto, se encontró un volcán de buen toreo llamado El Juli, que en lugar de cenizas, arrojaba maestría, casta y naturalidad. Un volcán que ligaba las suertes en el fuego de la ligazón, con una fuerza de torería y firmeza endiablada, que ascendía tendido arriba, enloqueciendo al público. La lava del toreo, ese toreo de muleta que desciende de arriba a abajo para someter al toro, llegó a convertir la Maestranza en un inesperado manicomio de Miraflores.
En este manicomio quien pareció perder la cabeza fue el presidente, Francisco Teja, quien concedió a El Juli sólo una oreja por una faena magistral, rematada perfectamente con la espada. Y que en su segundo toro, compensó con dos trofeos otra gran faena, que en este caso sí podía ser de una. Tampoco era de recibo celebrar una corrida en la que horas antes llovía en Sevilla y en la que los pronósticos advertían que llovería durante el espectáculo, como así sucedió.
El Juli cuajó una faena memorable, que brindó a la infanta Elena. Se las vio con un primer toro astifino bravo, noble y repetidor. Ilusión se llamaba el ejemplar de El Ventorrillo, que lidió una corrida en conjunto bien presentada y de juego desigual. Y con Ilusión, esperanza cumplida de un torero convertido en amo y señor de lo que realizaba.
El Juli derrochó variedad capotera, con hondas verónicas. La apertura de la faena rezumó torería. Luego llegó la locura cuando, con la diestra, toreó con sumo temple. En una de las series llegó a dictar una lección torera esencial: bajó la mano, sometió al toro, alargó los muletazos lo indecible y… ligó. Todo con esa facilidad que sólo poseen los elegidos para el arte de Cúchares. Con la izquierda también plasmó esas verdades en otra tanda. Hubo un circular invertido en el que imantó al toro como si lo hubiera hipnotizado. El público gritaba y aplaudía a rabiar. Las voces y las palmas salían bajo una nube de gigantescas setas negras, de paraguas. ¡¿Cómo podían aplaudir algunos, mientras se resguardaban bajo esos incordiantes utensilios?! Estoconazo hasta la bola, en todo lo alto, perdiendo el engaño. El toro se mantuvo, con bravura, hasta rodar como una pelota. Y todo el mundo enloquecido, menos el presidente, al que el público increpó con insultos de todo tipo. El Juli dio dos vueltas al ruedo clamorosas, envueltas en una ovación interminable y atronadora.
Cuando saltó el noble cuarto, Botijito, nadie precisaba más agua. Pero comenzó a jarrear sin contemplaciones. El torero madrileño se lució a la verónica. Con la derecha: poder y temple. El toreo en redondo, con cadencia, parecía inspirado en una melodiosa sinfonía. Y todo, en aires dominadores, saliendo con garbo y marchoso de las suertes. Estocada contundente. El puntillero, que lloró por ello, levantó al animal. Pero el toro cayó, por fin. La plaza era nuevamente un manicomio. Los negras setas que resguardaban de la lluvia dieron paso a la blancura de pañuelos solicitando trofeos, como si un champiñón gigante se hubiera posado en la Maestranza. El presidente, en lugar de conceder una oreja, quiso -como los malos árbitros- compensar el daño anterior y premió con los dos trofeos a un Juli que consoló a su banderillero y se recreó en una vuelta al ruedo, paladeando ya la Puerta del Príncipe, triunfo que había ganado en 1999, cuando cortó tres orejas; pero que no disfrutó al caer herido.
Todo eso vio el dios de la lluvia, que no pudo apagar el fuego de ese volcán de auténtico buen toreo que arrojó El Juli. De todo ello conoció ayer la deidad, mientras verónicas y muletazos puros, como rescoldos de pasión, como brasas de sentimiento, acompañaban a un río de gentes con los paraguas desplegados, para ver salir junto al río grande a ese joven maestro del toreo, que se anuncia como El Juli, pero que, ayer, bajo el dios de la lluvia, demostró que es Don Julián.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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