Los grandes escritores del periférico y gélido norte europeo
11 abril 2010
Los grandes escritores del periférico y gélido norte europeo -Hamsun, Ibsen, Strindberg- ofrecieron la más exacta y magistral síntesis de lo que en el siglo XX se clasificó como malestar, crisis y contradicciones principales de la civilización moderna.
La existencia se había visto de repente desprovista de fundamento, de valores firmes que dieran sentido a cada instante, amenazando con desvanecerse, con habitar tan sólo en extrañas y frías lejanías. Una existencia que, como se decía en un gran clásico de estas literaturas, la novela Niels Lyhne (Acantilado), del danés J. P. Jacobsen, es «esa eterna persecución de sí mismo, ese eterno girar en círculo».
Almas torturadas que, a la vez que exorcizaban fantasmas, pasados traumáticos e identidades a la deriva, en la más absoluta de las soledades, tenían que confrontarse con la presión diaria y enloquecedora de la sociedad, la familia, la pasión amorosa o la exigencia del arte, dependiendo de los casos. Esta presión los obligaba a desdoblarse entre representación y autodestrucción, deber y placer. Todo ello atañía también a otro genio de esas latitudes. El mundo por el que se le conoció mayoritariamente fue el de la imagen. Este genio, compendio de aquellos antecesores, no es otro que Ingmar Bergman (Uppsala, 1918 -Isla de Farö, 2007), cineasta, pero también guionista y escritor sueco, tanto de obras de teatro como de célebres películas.
Para seguir con los paralelismos e influencias es interesante y, sobre todo, fundamental, para cualquiera que se haya acercado a sus estremecedoras obras de asfixiantes opresiones metafísicas y espirituales, resaltar la coincidencia de que muchos de ellos provinieran, a través de un ascético ámbito familiar, de lo que Claudio Magris definiría en su libro El infinito viajar como «el rigor de la parroquia luterana». Ahí habría nacido el Premio Nobel noruego Björnstjerne Björnson, hijo de un pastor luterano, como también lo era Bergman. En cualquiera de las obras escritas y llevadas al cine por Ingmar Bergman, como es el caso de la magnífica Persona -que se puede leer perfectamente como una novela breve, de lacerante intensidad-, la vida late enigmática e inaccesible, difícil de desenmascarar, tanto para uno mismo como para los otros.
Persona es un magistral retrato de dos mujeres en el límite mismo de su confrontación, a punto de encarar las más íntimas y profundas transformaciones, tanto en relación con ella mismas como en relación con la otra. Esta obra -en la que una mujer habla de ella compulsivamente y la otra se limita a escuchar y analizar lo que dice- está muy ligada al psicoanálisis, a la idea de locura y de sanación a través de la palabra. Mediante «palabras sin sentido, que han perdido todo contenido de verdad», y a través del mundo impostado de las apariencias, con un lenguaje exterior, artificial, en el que no hay consuelo posible y sólo se percibe «una inflación de palabras como vacío, soledad, alienación dolor, indefensión», planean cuestiones ya clásicas de Bergman como el matrimonio y la pareja, el sentido de culpa, el remordimiento por «antiguos pecados», la necesidad del perdón, la maternidad (o paternidad) negada, la incomunicación o, más en general, la incapacidad para afrontar la vida a través del arte y la representación.
Mercedes Mommany


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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