El nacimiento de Facebook: Una historia de sexo, dinero, talento y traición
28 marzo 2010
Parece imposible, pero hace siete años Facebook no existía. Tampoco Twitter, ni Tuenti, ni MySpace, ni… Sólo siete años. Y, en realidad, la culpa de todo la tienen la inadaptación y el deseo de ligar. Todo comenzó en 2003, cuando Mark Zuckerberg y Eduardo Saverin, dos estudiantes de Harvard que no encajaban en los cánones de la institución, entraron en los servidores de la universidad y copiaron los archivos del directorio de estudiantes, llamado facebook en inglés. Eliminaron los nombres y las fotos de los chicos y lo volvieron a colgar en internet, con otro cambio: los alumnos podían puntuar a las chicas. Fue la revolución. Una revolución que narra En realidad, sólo querían ligar más. El nacimiento de facebook, una historia novelada por Ben Mezrich que lanza la semana que viene la editorial Alienta y de la que ofrecemos un extracto del capítulo clave: Cómo empezó todo.
CAPÍTULO 1
4 de febrero de 2004
Eduardo llevaba ya veinte minutos esperando en el pasillo de la residencia Kirkland cuando Mark finalmente salió disparado de la escalera que bajaba al comedor; Mark iba a toda prisa, sus chanclas repicando bajo sus pies, la capucha de su forro polar ondeando detrás de su cabeza como una aureola en pleno huracán. Eduardo cruzo los brazos mientras observaba el derrapaje de su amigo.
-Pensaba que habíamos quedado a las nueve -comenzó a decir Eduardo, pero Mark lo atropelló.
-No puedo hablar ahora -murmuró mientras pescaba la llave en los pantalones cortos y hurgaba con ella en la cerradura.
Eduardo observó el estado salvaje del pelo de su amigo y su mirada aun más salvaje.- ¿No has dormido, verdad?
Mark no respondió. Eduardo sabía perfectamente que Mark no había dormido demasiado en la última semana. Trabajaba a todas horas, día y noche. Su aspecto era de agotamiento total, pero no le importaba. En aquel momento, nada le importaba. Estaba en aquel modo hiperactivo que cualquier ingeniero podía entender. No aceptaba distracciones, nada que pudiera sacarle de su única línea de pensamiento.
-¿Por qué no puedes hablar? -siguió Eduardo, pero Mark le ignoró Al fin se oyó un clic y la puerta se abrió, y Mark se lanzó por ella. Sus chanclas se enredaron en unos tejanos que había por el suelo y por un momento perdió el equilibrio, pasó a tropezones por delante de un estante lleno de trastos y de un pequeño televisor a color. Luego recuperó el equilibrio y siguió hacia adelante. Se zambulló literalmente en su dormitorio, directo a su escritorio.
El ordenador estaba en marcha, el programa abierto, y Mark se puso a trabajar inmediatamente. No parecía oír a Eduardo moviéndose por la habitación a su espalda. Sacudía las llaves furiosamente, como si sus dedos estuvieran poseídos.
Estaba dando el toque final, supuso Eduardo, pues la corrección final había acabado a las tres, y la mayor parte del diseño y del programa estaban terminados. Sólo faltaba una función con la que Mark llevaba peleándose casi un día entero. Había estado jugando con los elementos de la página, tratando de darle el diseño más simple y limpio posible, pero también el gancho suficiente para atraer la atención de quien la mirara. La gente no usaría thefacebook por simple voyeurismo. Lo importante seria la interactividad de ese voyeurismo. Dicho en palabras más simples, iba a ser un simulacro de lo que ocurría cotidianamente en la universidad: lo mismo que animaba la vida social de la universidad, lo que animaba a la gente a ir a los clubes y a los bares e incluso a las aulas y a los comedores. Conocer gente, socializar, conversar, todo eso, seguro: pero el catalizador de todo ello, el motor que runruneaba detrás de todas esas redes sociales, era tan simple y básico como la humanidad misma.
-Tiene muy buena pinta -dijo Eduardo, leyendo por encima del hombro de Mark. Mark asintió, sobre todo para sí mismo.
-Sí.
-No, quiero decir que es fantástico. Que tiene muy buena pinta. Creo que la gente se va a enganchar de verdad.
Mark se pasó una mano por el pelo y se echó atrás en la silla. Estaban en una pagina interior: la página de un falso perfil, lo que la gente vería después de registrarse y de entrar su información personal. Había una fotografía en la parte superior, cualquiera que quisieras colgar. Luego una lista de atributos en la parte derecha: curso, licenciatura, instituto, procedencia, clubes de los que eras miembro, una frase preferida. Luego una lista de amigos, gente con la que podrías ir, o a la que invitarías a entrar. Una aplicación para “asomarse”, que te permitiera ver los perfiles de otros y hacerles saber que estabas mirando su perfil.
Y en grandes letras, “tu sexo”, “Lo que buscas” “Tu situación sentimental” y “lo que te interesa”.
Esa era la gracia, el detalle que iba a hacer que funcionara. Busco. Situación sentimental. Me interesa. Aquellos eran los ítems que resumían el alma de la vida universitaria. Aquellos tres conceptos atrapaban, definían la vida universitaria: desde las fiestas hasta las aulas y los dormitorios, ellos eran el motor que movía a todos los chicos del campus.
En Internet sería lo mismo; lo que movía toda esta red social era lo mismo que movía la vida en la universidad: el sexo. Incluso en Harvard, la escuela más exclusiva del mundo, todo giraba alrededor del sexo. Acostarse con alguien o no acostarse. Por eso ingresaba la gente en los Clubs Finales. Por eso escogía unas clases en lugar de otras, por eso se sentaba en ciertos lugares en los comedores. Todo tenía que ver con el sexo. Y en el fondo, en su núcleo más íntimo, de eso iría también Thefacebook. Una corriente subterránea de sexo.
Mark tocó unas cuantas teclas mas y saltó a la primera pantalla que verías al entrar en thefacebook.com. Eduardo miró la banda azul oscuro de arriba, el azul levemente más claro de los botones “registrarse” y “entrar”. Era extremadamente simple y limpio. Sin colores chillones, sin aspavientos. Todo debía llevar a la experiencia básica: no tenia que haber nada ostentoso, nada que asustara o abrumara. Simple y limpio:
[Bienvenido a Thefacebook] Thefacebook es un directorio online que conecta a las personas de una universidad en redes sociales. Hemos abierto Thefacebook para uso popular en la Universidad de Harvard. Puedes usar Theefacebook para: • Buscar a personas en tu universidad • Saber quién hay en tus clases • Buscar a los amigos de tus amigos • Visualizar tu red social Para empezar, pincha abajo para registrarte. Si ya estás registrado, puedes entrar.
-De modo que para entrar -dijo Eduardo, cuya sombra en movimiento cubría la mayor parte de la pantalla- necesitas un e-mail Harvard.edu, y luego escoger una contraseña.
-Correcto.
El e-mail Harvard.edu era clave para Eduardo; tenías que ser un alumno de Harvard para entrar en la página. Mark y Eduardo sabían que la exclusividad haría aún mas popular la página; también reforzaría la idea de que la información quedaba dentro de un sistema cerrado, privado. La privacidad era importante: la gente quería conservar el control de lo que colgaba en Internet. La posibilidad de elegir tu propia contraseña.
Ben Mezrich


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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