Punto final a 100 años de La Gran Vía
22 marzo 2010
Cien años cien. La Gran Vía cumple un siglo y el ayuntamiento lo celebra con un logotipo del edificio Carrión. Detrás, nada. Sólo un catalogo de buenas intenciones, oropel, fanfarrias y chirigotas que pasearán cuando acaben las lluvias, si es que acaban alguna vez y no tenemos que embarcarnos con Noé. Y a otra cosa.
La falta de proyectos para reciclar un símbolo del glamour, la cultura y el entretenimiento de un Madrid, que estuvo a punto de estar a la altura del resto de las capitales europeas, ha convertido a La Gran Vía en el cobijo de horteras y en el escaparate de las grandes cadenas. Todo es ramplón, todo. Una exaltación de vulgaridad, un paseo por cualquier centro comercial de las afueras, donde la identidad propia se esfumó a cambio del mercadeo al servicio de compradores aburridos. Qué pena. Qué cutre.
Pero es que aquí siempre se ha funcionado con la pasta por delante. Los cines ahora son puestos de ropa a granel y las cafeterías cadenas de restauración que riegan las meriendas con vasos de cartón. Manila, California, Miami, Fuyma, y ahora Zahara, han tenido que bajar el cierre empujados por los tiempos modernos. Pero no nos equivoquemos, la modernidad no significa meter la piqueta y levantar con pladur. La Gran Vía se ha transformado en lo que nunca fue, ni quiso ser, en lo mediocre. Cualquier ciudad europea se bate el cobre por conservar el sello que la hace diferente, mientras que en la Villa se ha apostado al caballo ganador con las alforjas llenas de plata. Ahí os la den todas.
Hablan de ayudas al cine español, ¿y qué ha sido la Gran Vía sino el mejor escaparate que teníamos para el cine? ¿Por qué no se han dado las ayudas necesarias para que los exhibidores pudieran seguir con su alfombra roja? Se ha podido enterrar la M-30, y no hemos sido capaces de hacer un aparcamiento para que los espectadores siguieran sentándose en las butacas de los difuntos Avenida, Rex, Imperial, Coliseun, Palacio de la Música… Eso es adaptarse a los tiempos modernos, y no el poner a disposición de los costureros un espacio donde vender sus modelos. El barco se hundía y entre todos hicimos que la vía de agua fuera cada vez más grande. Por falta de imaginación. Por no hacer atractivo el sentarse a tomar un café antes de entrar al cine. Por no poner los medios para que no tuvieras que llevar la cartera cosida a la piel por miedo a que te la robasen.
Por dejar en manos de incapaces la gestión de una calle que es más que una calle. Por dejar sin amparo a los comerciantes que veían como los clientes huían despavoridos hacia cualquier lugar donde sus hijos pudieran ir sueltos de la mano.
No me sirven logotipos vacíos, que lo único que hacen es exaltar el fracaso de una política municipal que está acabando con nuestra identidad.
La Gran Vía es sólo un ejemplo, quizá el más triste y sangrante, de lo que estamos haciendo con nuestro patrimonio. Ahí están las barbaridades que se están cometiendo por toda la ciudad. Obras de remodelación que quieren convertir Madrid en Berlín. Un Paseo de Recoletos al que le han salido marquesinas de autobús, como champiñones de primavera, forradas en cristal por los cinco costados. Con los cincuenta grados al sol serán saunas para los que esperen el 27. Madrid no es Copenhague.
La Plaza de Alonso Martínez imitando a la plaza del ayuntamiento de cualquier ciudad dormitorio de las afueras de París, con cubos de granito sin respaldo a modo de bancos sobre los que descansar, que más bien parecen improvisadas barras para el botellón del sábado noche. Pero es que los parisinos convirtieron la estación d´Orsay en uno de los mejores museos del mundo, y nosotros hemos transformado la espectacular Estación del Norte en el Centro comercial de Príncipe Pío. Esa es la diferencia. Menos mal que los pollos de Casa Mingo se salvaron de la quema de un Pasillo Verde, que es de todos los colores menos verde. Poco nos está quedando en esta ciudad cargada de más de lo mismo, donde hay que pagar en caja antes de tomarse un chocolate con churos sobre un mármol de San Gines.
Qué más dan los logotipos de cien años de Gran Vía si la Gran Vía ya no existe. A nadie se le ocurre utilizar el lienzo de Las Meninas para pintar un nuevo cuadro porque las chicas ya no van con los tiempos. Nos hacen tirar el papel en el contenedor azul, el vidrio en el verde y el plástico en el amarillo, pero la Historia, el arte, la cultura y el buen gusto, se pueden tirar directamente al contenedor de los deshechos en nombre de la modernidad. Hay soluciones para todo, hay espacio para ir con los tiempos modernos sin destruir los tiempos pasados. Otros lo han hecho. Hay que intentarlo y no dejarse deslumbrar el brillo de lo neones.
José Cabanach


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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