Cuando el Estado decide, la economía se para
21 marzo 2010
A la presidencia argentina se le ocurrió la idea de limitar las importaciones de vacuno. El asado, lo que en Europa se conoce, por irrigación americana, como barbacoa, es una de las comidas más habituales allí. Pero los precios de la carne se han disparado hasta tal punto que la señora Kirchner ha animado a sus conciudadanos a consumir pescado.
En España, el control del fraude se ha convertido en una prioridad para un Gobierno acuciado por el déficit y ansioso de financiarlo por cualquier vía. Entre los anuncios recientes, el incremento de la vigilancia sobre los conocidos locales de “todo a cien”, ahora a un euro, establecimientos que venden productos normalmente fabricados en China con precios sorprendentemente competitivos. Bien está que las autoridades controlen la calidad de lo que se vende en España y el cumplimiento de las exigencias comunitarias en manera de seguridad. Pero lo que han anunciado no es eso, sino la vigilancia sobre los precios. Ahora bien, ¿es el Gobierno quien decide cuánto tiene que costar un paño de cocina o una caja de lápices de colores?
El debate parlamentario lleva meses centrado en la economía. El más reciente, sobre la subida del IVA prevista para el 1 de julio y que sigue su andadura después de que el Gobierno, por un ligera mayoría, recabase los apoyos parlamentarios suficientes. Los voceros de Zapatero se han apresurado a decir que los empresarios se harán cargo de parte de esa subida disminuyendo su margen de beneficio. En realidad el Estado no puede imponer esta decisión a ningún comerciante, de la misma forma que no puede obligar al consumidor a consumir más cuando no puede. Por mucho que se empeñe, cuando el Estado decide, la economía se para.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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