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Julian Barnes echa de menos a Dios

19 marzo 2010

Yo al novelista Julian Barnes le tengo mucho respeto porque pasa de los sesenta y tiene una manera de escribir cautivadora. Los neófitos de la literatura piensan que escribir bien es cuestión de orden y limpieza, juntar frases, darles brillito y hacer que suenen a novedad.

Quizá el productor de lecturas baratas se parezca más a un empleado de banca fiel a su horario y pulcro en su vestimenta, pero el verdadero creador es un tipo retorcido, reventador de costuras, siempre en liza con el conflicto humano, obsesionado con el acto de producir forma en lo informe.

A Julian Barnes, el más grande de su generación, le ha llegado el turno de poner por escrito sus preocupaciones y se ha inventado “Nada que temer”, un repaso de su biografía a saltos, con el leitmotiv de Dios y la muerte.

Vaya por delante que el inglés no es creyente, y tiene más miedo a morir que el primer toro del Cordobés en la Feria de Fallas, que salió al ruedo, se espantó, y tuvieron que llevárselo como a un tullido.

La primera frase de Barnes: “no creo en Dios, pero le echo de menos” es reveladora de lo que vendrá, una obstinación percutiva por no dejar en ningún momento de hablar de Él.

Si la celebradísima Amelie Nothomb habla en sus novelas de la búsqueda incesante de sentido en la vida, aquí Barnes obvia el darnos una explicación de su ateísmo, lo camufla de cinismo y de esa exasperante distancia inglesa que a veces no resulta nada graciosa. Barnes se jacta de haber abandonado la Iglesia por motivos triviales y entiende la fe, el hecho religioso, como un sentimiento, una emoción. Así es imposible un diálogo sensato.

En cuanto a la obstinación por la muerte, el escritor huye de ella a través de perífrasis vitales. Cuenta la anécdota del compositor

Rachmaninov que, trastornado por el hecho de tener que morir, daba siempre la misma murga a sus anfitriones cuando lo invitaban. Éstos le ofrecían pistachos y así conseguían tranquilizarlo. Cuando Rachmaninov partió hacia Moscú, sus amigos le dieron para el viaje un saco lleno de pistachos “para curarle el miedo a la muerte”.

Julian Barnes cree que la fe es un cuenco de pistachos teológico, una salida por la tangente, pero olvida que el hecho cristiano descansa precisamente en haber cogido a la muerte por las solapas y haberla convertido en cenizas. Además, la ironía maliciosa de Barnes, que todo lo contamina, contrasta con la pasión inalterada del creyente por la vida.

Agustín Guzmán del Buey

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