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La hija roja, en la muerte de Miguel Delibes

14 marzo 2010

Ayer en casa de mi madre vi en el telediario una imagen de Miguel Delibes ya muy anciano. Decían que estaba mal. Murió esta mañana. Supongo que una generación de españoles, mejor dicho, varias, nos hemos criado con los libros de Delibes. Hemos crecido como lectores con él y nuestra primera adolescencia quedó marcada por “La sombra del ciprés es alargada”, un libro impresionante, tristísimo, precioso.

Luego vino “El príncipe destronado”, tan cercano, y recuerdo ese horror de personaje de “Mi idolatrado hijo Sisí”. También “Las ratas” y otros muchos sobre esa vieja Castilla, Castilla la Vieja, como la llamábamos antes. “Cinco horas con Mario” fue una revelación, creo que recordar por COU o así, me parece que formaba parte de lo que teníamos que leer.

Los diarios de un cazador y un pescador nos apasionaban y, con Delibes de una mano, y de la otra Felix Rodríguez de la Fuente, como Javier Barbadillo nos recordó hace unos días, muchos aprendimos a amar el campo, ese de rastrojos de Castilla, de páramos desnudos, pobre a veces, luego verde en esa primavera que no sé si nos va a llegar este año, visto como está finalizando el invierno, justo ahora cuando Miguel Delibes nos deja. No la verá desde Sedano, será esta vez en el valle de Josafat que dicen los de su época, tan bíblicos ellos.

Miguel Delibes era un vallisoletano como hay muchos. Tenía de la tierra, también propio de su generación, la de nuestros padres, la de los míos al menos, una admirable sobriedad y la mirada acuosa de los jóvenes que hicieron la guerra o de los niños que la vivieron. Como ocurre con otros escritores su mujer le dio ese fuerte apoyo que le permitió escribir con tranquilidad, centrarse en lo que tenía que hacer. Cuando ella murió su desconsuelo, como muchos viudos, fue grande. De ahí esa “Mujer de rojo” que escribió pasado un tiempo.

En fin, una vida dedicada a la literatura y a la familia también, lejos y ajeno a estupideces, que hay muchas. No entró jamás en las envidiejas que se dan hasta en los más altos niveles de excelencia literaria, no se libran ni los más grandes. Pero él no, iba a lo suyo en el mejor de los sentidos. Inteligente, algo pesimista, con él muere no sólo un modo de señorío personal y literario sino, también, en cierta medida, una generación de los que ya tenemos pocos exponentes. Hay que cuidarlos. Gente recia, dedicada a hacer bien lo que sabe hacer, gente profunda que abomina del ruido reinante, de la estupidez y la banalidad. O sea, le costaba ya estar en esta tierra tan dominada por chisgarabís varios, como les pasa a otros de su edad.

Escuché hoy en el telediario del mediodía a Delibes hablando de la vida como algo que no hay que celebrar mucho, tan melancólico era. Recordé sin embargo su amor a la naturaleza y por tanto a la vida humana, aquel artículo suyo en el ABC defendiéndola.

Descanse en paz Miguel Delibes y cace con un buen perro en el cielo. Dios le pagará los buenos ratos que nos ha dado, lo felices que nos han hecho sus libros a pesar de la tristeza que algunos destilaban. Disfrutar es compatible con algunas penas.

PS: Su discurso al recibir el Cervantes fue emocionante. Ya había sacado la hoja roja del papel de liar tabaco y se notaba.

Aurora Pimentel

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