“Yo, otro”, de Imre Kertész
7 marzo 2010
La sorpresa del escritor húngaro la recibes de inmediato cuando te metes en sus obras. Una escritura soberbia, bien, a veces depurada, otras improvisada, agitanada, llena de remiendos pero siempre grácil y corrosiva. Sin embargo, su obra es un empeño imposible, es el entusiasmo de un cordero orondo y tiernecillo por ganarse la amistad de un lobo que lleva semanas sin probar bocado.
Kertész escribe e hila fino, sí, pero anda apuñalado por su pasado y eso le pesa mucho. Anduvo en su Hungría natal en tiempos difíciles, los nazis… los comunistas… ellos le quitaron la alegría y le regalaron el dolor. Por eso, Yo, otro es una prueba palpable de que el húngaro necesita una UVI móvil que lo saque de su desprecio por todo lo humano, por todo apetito de vivir, por todo proyecto, todo deseo de proponer lo mejor…
Así descarga, “ni Dios, ni el hombre, ni la sociedad, ni las obligaciones astutamente elucubradas… Sólo la presencia continua de nuestra muerte nos obliga a una profunda creación artística”. Y habla de nuestro tiempo,”cuando se grita ¡amor!, todos saben que ha llegado el momento del asesinato; cuando se grita ¡ley!, todos saben que es la hora del robo, del atraco”. La obra de arte es una aventura para cavarse la propia tumba, “en la obra me condeno a mí mismo a muerte y, si sobrevivo a la sentencia, seguiré huyendo en pos de nuevas muertes”.
No encuentro mejor imagen para hablar del estado vital del Nobel que la que él mismo utiliza cuando cita la anécdota de la chelista de una orquesta de cámara de Budapest, que se movía con crispación agitada, se arqueaba como una enferma cuando interpretaba a Bach y, sin embargo, la música salía de sus manos soberbia y con absoluto equilibrio. Así Kertész, suena brillante, pero el poder de su obra nace de un corazón crispado, cerrado a la vida. Auschwitz le aniquiló la esperanza y le ha dejado un pensamiento de asfalto hollado, una palabra sin romances, contaminada, “me gusta mi destino, que tiende a desmoronarse”. Kertész necesita una mano amiga.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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