Seguir hasta la meta
7 marzo 2010
El director de la academia donde preparé la selectividad solía decirnos: “¿Sabéis dónde estáis? En la pu…calle. Hasta que no lleguéis a la meta que os habéis propuesto estaréis en la pu… calle. Todos los obstáculos con los que os encontréis en el camino son vallas que hay que saltar”. Su provocación fue sumamente efectiva a la hora de ayudarnos a conseguir el objetivo que nos habíamos planteado: ingresar en la Universidad. El ochenta por ciento de la clase lo logró. Tal vez haya expresiones más elegantes para la motivación, pero el director acertó con su estrategia.
Traigo a colación este recuerdo porque llama la atención sobre una actitud cada vez más frecuente en el ser humano: olvidar la meta de su vida. El hombre se dirige hacia una meta, y hasta que no la alcance es como si estuviera a la intemperie, “en la calle”; aunque en ocasiones sea una calle más entretenida que Arenal. A san Ireneo no le distraían demasiado los asuntos temporales, porque sabía que “por las cosas secundarias estamos llamados a ir a las principales, por las figuras a la verdad, por lo temporal a lo eterno, por lo carnal a lo espiritual, por lo terreno a lo celeste”. No nos equivoquemos quedándonos en lo secundario, en la figura, en lo temporal, en lo carnal, en lo terreno, nos perderemos lo mejor.
No sé si esta miopía espiritual, esta pérdida de “mirada larga” es un signo de nuestro tiempo, tal vez, pero está claro que es terrible, porque nos oculta el sentido último de nuestra existencia, que es trascendente. Incluso, la flor y nata de la sociedad, que no ha olvidado aún su destino eterno, que procura no entretenerse demasiado con las cosas de aquí abajo, olvida el objetivo en cuanto surgen las primeras dificultades. Pero los obstáculos no son más que “vallas que hay que saltar”, son parte del camino y existirán durante todo su recorrido. No están allí para frenarnos, sino para fortalecernos. La vista no debe estar fijada en la dificultad sino en la meta. Aprovechemos las dificultades para sacar lo mejor de nosotros mismos, para probar nuestras potencialidades dormidas, que esperan que les demos una oportunidad.
En todo crecimiento se experimenta una especie de “tirantez interior”, como si se descoyuntaran los huesos, como si fuéramos a rompernos, y tanto más se experimenta cuanto más profundo es el crecimiento. Es necesario pasar por esa incomodidad. Hay que pasar por ahí si queremos ser algo más que maletas transportadas en la cinta de un aeropuerto. Nuestro paso por la vida tiene que ser algo más apasionante, y la llegada a la meta, una pasada.
Dora Rivas


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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