Los intelectuales antifascistas huyeron de Málaga y se metieron en Malagón
7 marzo 2010
El libro “Intelectuales antifascistas” de Federico Suárez es la crónica de una tristeza. Las cosas que se analizan con la distancia del tiempo ganan en perspectiva, y los nuevos datos hacen que al mosaico le falten menos teselas.
Lo digo porque la tesis del historiador Federico Suárez consiste en demostrar que muchos de los intelectuales españoles y extranjeros que lucharon en contra de las dictaduras fascistas cayeron en garras de dictaduras mayores, en muchos casos sin apenas advertirlo.
Hay un par de ejemplos en nuestro país evidentes, el de Alberti y el de Machado, dos monstruos de nuestra literatura pero dos ejemplos palmarios de caída libre en brazos de la dictadura comunista, vamos, salir de la Málaga totalitaria para entrar en una Malagón igualmente desaforada contra el hombre.
El caso del autor de Juan de Mairena fue de una ingenuidad bárbara, hablaba de Lenin como del hombre modesto y gigantesco, tiene frases alabando la grandeza de su corazón eslavo. El pobre Machado, más que nada, desconocía el marxismo y sus raíces envenenadas.
Lo de Alberti, que llamara a Stalin el mayor filósofo de todos los tiempos es, cuando menos, surrealista. No son más que ejemplos que el autor del libro saca a colación para hablarnos de ese diseño que el partido comunista ruso realizó con tiralíneas para ganarse adeptos, partidarios, cómplices, camaradas en Europa.
Hicieron creer a muchos que el comunismo sería la culminación de las nuevas vanguardias artísticas que nacían en el viejo continente y el detonante del orden nuevo. El planteamiento venía de lejos, cuando Bakunin, hacia 1878 publica el periódico L’Avant-garde, con el objetivo de rediseñar y desmitificar las sensibilidades artísticas precedentes, fruto de concepciones burguesas.
Desde luego, si alguno quiere leer con provecho uno de los desencantos más sonados de la literatura con relación al paraguas comunista no tiene más que ojear la conocidísima autobiografía del periodista A. Koestler.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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