¿Televisión basura pagada con nuestros impuestos?, ¿debemos consentir un espectáculo semejante?
28 febrero 2010
No creo que haya nadie a estas alturas que no sepa quién es el tal John Cobra, que ha saltado a la fama por el demérito de sus modales soeces jaleados por la audiencia, ávida de carnaza a falta de una buena programación. Estamos ante el último líder de la televisión basura.
Me niego a creer que mis compatriotas gusten de tal estilo, más bien creo que acabamos viendo lo que nos ponen, entre otras cosas porque el que más y el que menos practica el tumbing en el sofá de casa al final del día, deseando descansar de una dura jornada de trabajo, obligaciones, niños, etc. Soy la primera que lo practico, con su correspondiente sueñecito… la inmensa mayoría de la sociedad reconoce lo que es la televisión basura y desea consumir productos de calidad, pero al final, uno ve lo que hay, y de ello se aprovechan los responsables de encumbrar a estos personajes que no deberían tener la más mínima consideración por nuestra parte.
Las televisiones privadas pueden hacer lo que les parezca, al fin y al cabo, se mueven a base de mercado y publicidad, pero ¿Debemos consentir un espectáculo semejante en una televisión que supuestamente responde a los parámetros de servicio público, financiada íntegramente por nuestros sufridos bolsillos? Voy más allá: ¿tiene sentido la existencia de una televisión pública en la Sociedad de la Información, donde cualquiera puede escribir, compartir, filmar y ver cualquier cosa en cualquier momento?
NO. La televisión pública tenía sentido como servicio público hace años, hoy ya no. Un servicio público es una sanidad, una educación de calidad, una red de transportes, una cobertura social al desempleado o al pensionista. Pero de ninguna manera, es un servicio público un ente utilizado por los políticos para enviarnos sus mensajes o capitaneado por un equipo de sesudos sabios que nos dicen lo que está bien y lo que está mal.
El concepto de televisión pública no tiene cabida en la era de la Información con mayúsculas.
Ana Ortiz de Obregón


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


Pole!