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Benedicto XVI y el episcopado irlandés: a propósito de la Iglesia y la pederastia

21 febrero 2010

“Dios mismo, que está y opera en el (hombre) desde dentro, opera de un modo especial, con una delicadez exquisita”. Estas palabras, escritas por Maritain han resonado en mí, de manera especial, en los últimos días. El motivo no es otro que el encuentro de Benedicto XVI con el Episcopado irlandés para hacer frente a los casos de abusos sexuales cometidos en el seno de la Iglesia católica en Irlanda.

El Magisterio del Papa sobre “este crimen atroz y grave pecado” es nítido: ayudar a las víctimas, restablecer la verdad y la justicia, y poner todos los medios para que esto no se produzca. No hay paños calientes en la actitud, como tampoco en las palabras, de Benedicto XVI. No hay equidistancia, ni falsas componendas con un pecado que no puede explicarse, sin más, apelando a la debilidad humana. Ante el mundo, por mucho que nos duela y nos escandalice, no hay otra actitud que la del Papa: pedir perdón y llamar a las cosas por su nombre.

Y ésta es la claridad y la firmeza que las víctimas necesitan. No sólo porque haya que reparar el mal que se les ha hecho, sino porque la sanación de las víctimas de abusos sexuales pasa por el reconocimiento explícito y en voz alta del pecado cometido. Quien haya conocido en su vida a una persona víctima de abusos sexuales sabe que el sentimiento de culpa es tal que el silencio y la negación de la verdad se convierten en la coraza tras la que las víctimas se parapetan para poder sobrevivir.

Por eso, como reconocieron las víctimas con las que Benedicto XVI se entrevistó durante su viaje a Estados Unidos, era tan determinante que el Papa les dijera, mirándoles a los ojos, que la Iglesia entera estaba con ellos Porque sólo así, en la medida en que la Iglesia distinguiera en voz alta entre víctima y agresor, se evitarían situaciones que pudieran humillar más a las víctimas. Entre otras cosas, porque jamás puede exigirse a una víctima, que lo ha sido del miedo y la manipulación, que se confronte con su agresor. Y más, cuando quien ha infligido el mal, lo ha hecho con la autoridad religiosa y espiritual que da el ministerio del sacerdocio. Porque éste, desengañémonos, es el gran escándalo.

Y lo es para el mundo, y lo es para la Iglesia. Es verdad que hay muchas aves de rapiña que esperan el estallido de escándalos como estos para abalanzarse contra la Iglesia. Pero el que así sea no nos exime del deber religioso de reconocer, como lo hace el Papa, que los abusos sexuales por parte del clero son un crimen execrable y un pecado atroz.

Y no nos engañemos, no es la Iglesia la víctima de este pecado. Las víctimas son quienes han sido cosificados, anulados, maltratados y amenazados, con grandes dosis de sutileza y un comportamiento intencionadamente ambivalente, por sacerdotes cuya vocación y misión no es otra que la de llevar a Jesucristo al corazón y al alma de los seres humanos. Por eso los abusos sexuales son un pecado contra la víctima que los padece y contra Dios mismo. No son, por lo tanto, un simple error o flaqueza de la carne. Son un horror. Y reconocerlo así, como enseña el Papa, es una exigencia de la justicia. De hecho, es la primera de las exigencias; la que hace posible, en un segundo momento, la atención pastoral a las víctimas. Y la que obliga, en un tercer momento, a hacer autocrítica y afrontar con seriedad la formación espiritual, moral, teológica y afectiva del clero.

La Iglesia tiene, pues, el deber de facilitar que las víctimas puedan vivir en plenitud. Y para ello hay que dejar de guardar silencio. Ante todo, y sobre todo, porque el peor de los silencios, como leemos en Veritatis Splendor, es el que se guarda ante la mentira. Y no se trata de airear el dolor, ni de regodearse en el pecado. Se trata, como hace el Papa, de decir claramente que el sacerdocio y los abusos sexuales son incompatibles y que la Iglesia debe colaborar en el cumplimiento de la justicia para que la verdad y el bien acaben resplandeciendo. A las víctimas, por su parte, les corresponde la dura tarea de dejar de ser, en algún momento de su vida, víctimas. Les corresponde esforzarse por cultivar la no maledicencia en el interior de su corazón. Y a los agresores les corresponde el deber de reconocer su pecado.

Tarea, probablemente, difícil de acometer. Porque, tal y como ponen de manifiesto los expertos, parece ser que la naturaleza perversa de los abusos sexuales no sólo sume a las víctimas en el silencio y la negación de la verdad, sino que también lo hace con sus agresores. A ellos habrá que ayudarles para que reconozcan y asuman el mal que han hecho. Pero esta tarea, jamás podrá ser imputable a las víctimas.

Mª Teresa Compte Grau
Fundación Pablo VI-UPSAM

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