Los juicios federales norteamericanos ponen en libertad a presos de Guantánamo
14 febrero 2010
El departamento de Justicia de los EEU acusó a Saeed Mohammed Saleh Hatim, un preso de Guantánamo, de haberse entrenado en un campo militar de Al-Qaeda en Afganistán, que permaneciera en el país como terrorista e incluso de haber participado en la batalla de Tora Bora.
Pero un juicio federal ha revisado el caso y ha considerado demasiado frágiles las pruebas que lo inculpan. El juicio ha emitido la sentencia de su puesta en libertad. El juicio federal consideró al informador gubernamental sobre los cargos “profundamente indigno de crédito”.
El caso es más la regla que la excepción. Los juicios federales han ordenado ya la puesta en libertad de 32 prisioneros de Guantánamo. Se ha cuestionado, sobre todo, el procedimiento de los interrogatorios y la calidad del testimonio de los informantes.
En otras palabras, que si uno sólo escucha las acusaciones del Gobierno a propósito de los detenidos, se les tacha como miembros del mal absoluto y peligrosísimos. Pero cuando las acusaciones se someten al escrutinio de las cortes federales, no surgen las evidencias palpables.
Es más, Lawrence Wilkerson, brazo derecho de Colin Powell, ha tenido acceso a los archivos de los detenidos y ha revelado que un gran número de ellos eran completamente inocentes.
Pero el discurso de la antigua guardia de Bush sigue siendo un hecho:
“El Presidente tiene el derecho y la razón de detener a gente peligrosa sin cargos o juicios. ¿Y por qué?, porque esa gente son terroristas y combatientes enemigos que tratan de matar americanos, por eso no tienen derechos”.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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