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Garzón, el caballo de Troya

14 Febrero 2010

La civilización occidental tiene parte de sus cimientos en la explicación legendaria de la guerra de Troya. En la postrimería de aquella contienda, y tras diez años de inútiles combates, los asediantes aqueos se encontraban agotados. Entonces, el astuto Odiseo planeó un ardid definitivo: construir un gigantesco caballo de madera, dejarlo a las puertas de la ciudad sitiada y aparentar que levantan el campamento y regresan a sus hogares.

Los troyanos, a pesar de las advertencias de Casandra y Laocoonte, introducen alegres el caballo dentro de la ciudad, pensando que han ganado la guerra. Pero, al caer la noche, mientras todos los habitantes de Troya se encuentran indefensos, salen de dentro del enorme caballo de madera los mejores soldados aqueos. Destruyen la ciudad y la reducen a escombros y cenizas. Nadie había querido escuchar el aviso de Laocoonte: “Temo a los griegos, incluso trayendo regalos”.

Durante estos meses se dilucida en el Tribunal Supremo uno de los casos más relevantes de las últimas décadas: el conjunto de sumarios abiertos contra Baltasar Garzón, el caballo de Troya del “progreso” en la Audiencia Nacional. Varias asociaciones lo acusan de prevaricar. Existen tres grandes puntos que, de ser probados, deberían significar el fin de la carrera judicial de Garzón. Por una parte, su actuación relativa a la llamada “memoria histórica”. En segundo lugar, su escaso interés en investigar el “caso Faisán”, capítulo en el que presuntamente un agente de la Policía vinculado al PSOE avisó a un etarra de un inminente registro de la Guardia Civil.

Aquello sucedió durante el “proceso de paz”, y mientras Garzón pisaba el pedal del freno en sus sumarios contra el entorno de ETA, sobre todo los bares conocidos como “herriko tabernak”. En tercer lugar, existen suficientes indicios para asumir que Garzón pidió de manera explícita y por carta personal una desorbitante cantidad de dinero a Emilio Botín, y que poco después dictó una resolución judicial para evitar que prosperara una querella contra este banquero.

Las aventuras de Garzón en la Audiencia Nacional no paran aquí. Lleva varios años instalado en un constante “show” que contraviene la manera de actuar discreta y prudente que se espera de un juez profesional. Le encanta aparecer en televisión, impartir conferencias; ha sido diputado en el Congreso dentro del Grupo Socialista; acumula casi todos los permisos concedidos por el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) para todos los jueces de España; ha declarado en varias ocasiones sus afinidades políticas e ideológicas, etc. A esta forma de proceder se une su escasa habilidad como juez instructor; sus sumarios se encuentran repletos de errores, prácticas judiciales contrarias a derecho, además de enormes carencias de orden y criterio.

A causa de esta falta de profesionalidad, muchos acusados pueden rebajar sus penas o quedar absueltos. Los abogados de la defensa aprovechan la vista oral –que se realiza con otro juez–, para solicitar la retirada de numerosas pruebas que se encuentran viciadas, porque el instructor Garzón no las ha recabado conforme a las leyes procesales.
Por todos estos motivos, Garzón representa la antítesis de la carrera judicial. No oculta que su modo de actuar deja de un lado las premisas del Derecho, porque prefiere moverse de acuerdo a un proyecto “progresista”. Y esta es una de las razones por las que recibe suficientes apoyos desde el PSOE, IU y los grupos mediáticos de la izquierda.

Garzón es la pieza del Poder Judicial que mejor desarrolla la sumisión al poder político o ideológico. Desde hace casi treinta años, casi todos los partidos políticos se han esforzado para lograr que el Poder Judicial quede convertido en una extensión de su propio poder. Por eso, el Tribunal Constitucional se halla completamente intervenido. El CGPJ es un trasunto del reparto de escaños en el Congreso. El Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional, así como los Tribunales Superiores de Justicia, trabajan con delicada cautela y evitan resoluciones que desagraden al partido del gobierno. Como ha criticado en varias ocasiones el magistrado José Luis Requero, tanto PP como PSOE se sienten cómodos con la actual estructura, que les permite maniatar al Poder Judicial.

Uno de los ejemplos de la doble vara de medir de Garzón es su actitud hacia la “memoria histórica”. Los promotores más contumaces del revisionismo de izquierdas multiplican por tres y por cuatro las víctimas de la represión franquista, e incluso les suman los miles de ejecutados por crímenes de guerra. Dado que sus cifras no cuadran, necesitan excavar fosas comunes, aunque no existan. Pero sólo fosas comunes de un lado, porque las que se encuentran del “otro bando” deben seguir bien tapadas. Para esta campaña han contado con la ayuda de Garzón. El problema para Garzón es que no puede actuar sin causa y sin acusados. Por eso ha llegado al extremo ridículo de pedir el acta de defunción de Franco. Y, al mismo tiempo, se ha negado a abrir causa judicial contra Santiago Carrillo por las matanzas de Paracuellos del Jarama. Argumenta, y con razón, que una amnistía –en realidad son dos– protege a Carillo. Pero Garzón se olvida de la amnistía, si se trata de juzgar “al otro bando”.

Una eventual sentencia contra Garzón, caso de resultar condenado por prevaricar, implicaría un revés para la izquierda. De hecho, Iñaki Gabilondo y El País argumentan que los que acusan a Garzón son de extrema derecha. ¿Acaso sólo la izquierda puede presentar demandas? Pero también, y no en menor grado, una condena contra Garzón sería un revés para todos los partidos políticos. Supondría que desde el mismo Poder Judicial se aplican los principios del Derecho y no los intereses de la política. En Cataluña, tanto PSC como CiU están temblando. Porque, si Garzón queda apartado de la judicatura, el “caso Pretoria”, que investiga corrupción política en Cataluña, pasaría a otro juez, y antes podría acarrear las típicas filtraciones a la prensa de los sumarios de Garzón. Pero que no se preocupe el “juez estrella”, porque en el peor de los casos el Gobierno lo indultará. Quien debe estar muy preocupado por su futuro profesional es todo aquel juez del Supremo que ose dictaminar contra Garzón. Quedará reducido a escombros y cenizas.

José María Sánchez Galera

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