El Papa es tachado de homófobo por defender las convicciones de las comunidades religiosas
8 Febrero 2010
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Semanario de información general, del 15 al 21 de marzo de 2010
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8 Febrero 2010
Posteado por El guijarro · en Mutaciones
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Algunas frases de la entrevista:
Todo hombre que se dirige al gran público tiene una gran responsabilidad. Cuando adopto un argumento y unos tipos, ya tengo en mi cabeza construida la novela. Lorenzo el cazador es un triunfador y lo pasa como nadie, pero las demás novelas son de perdedores, de tipos que quieren complacer y no saben. Nunca ha estado el hombre tan enfrentado a la naturaleza como ahora, el hombre creyó que iba a arreglar hasta el clima.
Hoy se da la sustitución del abuelo por la televisión. Antes, el abuelo contaba las historias del jabalí y ahora los nietos quieren irse al fútbol. Los jóvenes no se adaptan al campo, se escapan a la ciudad.
La muerte es una compañera inevitable del hombre. Nos han enseñado dos cosas, el nacimiento del Universo por el Big Bang y la teoría de la Creación con fondo religioso. Quiero acabar mis días con mis creencias de niño, seguir creyendo en lo fundamental y la esperanza soberbia de poder encontrarr a Cristo en la última curva del camino, eso me da una cierta serenidad. No me asusta mi muerte, es un accidente más de una vida en la que a todos nos corresponde el final.
Yo al novelista Julian Barnes le tengo mucho respeto porque pasa de los sesenta y tiene una manera de escribir cautivadora. Los neófitos de la literatura piensan que escribir bien es cuestión de orden y limpieza, juntar frases, darles brillito y hacer que suenen a novedad.
Quizá el productor de lecturas baratas se parezca más a un empleado de banca fiel a su horario y pulcro en su vestimenta, pero el verdadero creador es un tipo retorcido, reventador de costuras, siempre en liza con el conflicto humano, obsesionado con el acto de producir forma en lo informe.
A Julian Barnes, el más grande de su generación, le ha llegado el turno de poner por escrito sus preocupaciones y se ha inventado “Nada que temer”, un repaso de su biografía a saltos, con el leitmotiv de Dios y la muerte.
Vaya por delante que el inglés no es creyente, y tiene más miedo a morir que el primer toro del Cordobés en la Feria de Fallas, que salió al ruedo, se espantó, y tuvieron que llevárselo como a un tullido.
La primera frase de Barnes: “no creo en Dios, pero le echo de menos” es reveladora de lo que vendrá, una obstinación percutiva por no dejar en ningún momento de hablar de Él.
Si la celebradísima Amelie Nothomb habla en sus novelas de la búsqueda incesante de sentido en la vida, aquí Barnes obvia el darnos una explicación de su ateísmo, lo camufla de cinismo y de esa exasperante distancia inglesa que a veces no resulta nada graciosa. Barnes se jacta de haber abandonado la Iglesia por motivos triviales y entiende la fe, el hecho religioso, como un sentimiento, una emoción. Así es imposible un diálogo sensato.
En cuanto a la obstinación por la muerte, el escritor huye de ella a través de perífrasis vitales. Cuenta la anécdota del compositor
Rachmaninov que, trastornado por el hecho de tener que morir, daba siempre la misma murga a sus anfitriones cuando lo invitaban. Éstos le ofrecían pistachos y así conseguían tranquilizarlo. Cuando Rachmaninov partió hacia Moscú, sus amigos le dieron para el viaje un saco lleno de pistachos “para curarle el miedo a la muerte”.
Julian Barnes cree que la fe es un cuenco de pistachos teológico, una salida por la tangente, pero olvida que el hecho cristiano descansa precisamente en haber cogido a la muerte por las solapas y haberla convertido en cenizas. Además, la ironía maliciosa de Barnes, que todo lo contamina, contrasta con la pasión inalterada del creyente por la vida.
Agustín Guzmán del Buey
De fondo suena el piano de McCoy Tyner, que no sólo es un extraordinario pianista, y extraordinario representante del estilo modal, sino que por la delicadeza de su toque, por la búsqueda de una sonoridad siempre brillante y el carácter ornamental de sus improvisaciones, es uno de los grandes músicos de jazz moderno. El rol que desempeñó en el seno del cuarteto de Coltrane, le ha marcado, sin duda, de forma irreversible, y siempre para bien: el pianista del sosiego, la suavidad, la serenidad y la certeza; lo contrario de los furores inquietos de su líder.
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Jeff Bridges, actor:
Hace muchos años hice una película llamada Fat City, dirigida por John Huston. Tenía 21 años y mi agente me dijo que la entrevista para lograr el papel iba a ser en Madrid. Volé hasta allí, y en el hotel conocí a una chica espectacular que me llevó a comer marisco. A la mañana siguiente, tenía el estómago descompuesto. La entrevista fue en el Museo del Prado y yo cada vez me estaba poniendo más y más enfermo. Con la boca cerrada, vomitaba y tragaba literalmente mi vómito porque no quería potar sobre los Goya y los Velázquez. Al final, me dieron el papel.

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No sé por qué, pero siempre pensé que la misión de los gobernantes consistía en un trabajo de organización de la sociedad desde el punto de vista de la administración de lo público: economía, leyes, organización administrativa y territorial…, es decir, mantener la infraestructura de la sociedad para que ésta funcione como queremos. Nunca pensé que fuera competencia de la Administración Pública administrar (valga la redundancia) modos de pensar imponiéndolos como se impone un determinado modelo económico. Por eso ahora asisto con sorpresa al empeño de los políticos por controlar parcelas que yo creía que eran de mi estricta competencia: cómo educar a mis hijos (educación para la ciudadanía, educación sexual y salud reproductiva), a qué colegio llevar a mis hijos (si es público o concertado es casi imposible escoger), el principio de autoridad paterno-filial (píldora abortiva y aborto sin permiso paterno, padres que acaban en la cárcel por corregir a sus hijos), mis creencias religiosas (laicismo, con todas sus imposiciones), mi libertad de expresión (consecuencias de desmarcarse del pensamiento único), libertad de pensamiento (pensamiento único), de qué puedo hablar con los demás y de qué no (lo que tengo que transmitir a personas de mi misma comunidad religiosa, a mi familia), cuándo puedo fumar, ¿cuánto debo pesar?… Yo creía que los gobiernos que descendían a estos detalles se llamaban totalitarios, yo pensaba que en los gobiernos democráticos la línea que separa lo público de lo privado estaba muy claramente trazada y traspasar esa línea se consideraba una interferencia del Estado intolerable (no intolerante). En fin, ¡está visto que hoy nos toca vivir un momento en el que nada es lo que parece!