¡Vuelve “El Hombre y la Tierra” a TVE!
8 Febrero 2010
Para los que consideramos a Félix Rodríguez de la Fuente un amigo de la infancia, porque siempre se colaba en nuestras pesquisas por conocer las entrañas del mundo animal, andamos de enhorabuena por la iniciativa de TVE de programar su antológica serie sobre la fauna ibérica.
Ahora, que los tiempos audiovisuales exigen calidades de imagen sin pizcas de error, los capítulos de El Hombre y la Tierra han sido remasterizados para ponerse a tono con las pantallas de plasma. Pero más importante que el lavado de cara, es la personalidad del mismo Rodríguez de la Fuente a la hora de hacernos accesible al águila perdicera y al lirón careto, bichos que ni nos sonaban a los adolescentes de los setenta y que “sobrevolaban la cárcava de nuestros parajes ibéricos”.
Su voz la tenemos enterrada en alguna costura de nuestros entresijos, como ese otro yo que nos recuerda el paso de una infancia feliz. La suerte que ha tenido el naturalista es la de haber escapado a nuestros tiempos. La telebasura lo habría despiezado, su vida personal habría salido a la luz (cosa que nunca nos importó lo más mínimo), los platós se lo habrían rifado para provocarle a decir las otras cosas que andaban al margen de su pasión por los animales.
El legado de Félix Rodríguez de la Fuente ha sido su “presentación” de la fauna, no su “representación ideológica”, nada de la Tierra como la diosa Pachamama de Evo Morales, ni el ecosistema sagrado que James Cameron nos cuenta en Avatar. Igual que Marcel Duchamp abandonó el mundo de la representación pictórica con presentaciones de objetos en las salas de arte, nuestro naturalista nunca cargó de discursos sus trabajos, dejó que los animales hablaran por sí mismos. Su posición era la de trasladar al espectador su propia alegría por la belleza de la Naturaleza.
Si pudiéramos incorporarlo a algún tipo de género, el suyo entraría en el de la confesión, al estilo de San Agustín cuando decía en su famoso libro: “aquí os muestro mi corazón, transparente”, con la intención de comunicar la llama de su conversión al lector. Con este libro nació Europa, con la pasión por la transmisión de una experiencia.
Los que pasamos de cuarenta le debemos a “El hombre y la Tierra” un entusiasmo infatigable por la Creación.
Agustín Guzmán del Buey


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Los zurbaranes de Sevilla han conseguido dejar el tiempo desabotonado, en suspenso. Los chinos dicen que ven la hora en los ojos de los gatos. Baudelaire escribió que cuando se inclinaba sobre aquella mujer que le inspiraba sus mejores versos, y la miraba fijamente a los ojos, veía con claridad la hora, “constantemente la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos y segundos”, y es que cuando uno está con quien ama, al tiempo no le salen grumos. La mirada del espectador de Zurbarán tiene mucho de un estatismo que no desaloja de la realidad, sino que hace descubrir a Dios en los mundos y submundos cotidianos.
Claro, un museo que te recibe con tres patios abiertos (el del aljibe es de ensueño) y con sus silenciosos claustros, sólo interrumpidos por el gorgoteo del agua, insinúa que te espera un recorrido de honda experiencia religiosa.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


Commentarios
¿Tiene algun comentario?