“Los ojos de Rembrandt”, de Simon Schama
7 Febrero 2010
Nos encontramos frente a una obra descomunal, vasta como un océano e igual de sobrecogedora. El profesor de Historia del Arte de la Universidad de Columbia, Simon Schama, ha parido un grandísimo monumento al que fuera el pintor de los ocres, del misterio y la sublimidad del hombre.
El acierto de la obra es que su autor no se queda en una mera descripción de los cuadros que analiza, sino en una exhaustiva comparación con los pintores de su tiempo, con la situación social de la época, etc. Es un inmenso tratado.
Es un libro caro pero merece la pena como pocos. Salen a relucir las debilidades de Rembrandt como las imperfecciones del amigo de quien contamos una anécdota, como que fuera esclavo de Rubens, el maestro, la autoridad, el gobierno de la luz…
De hecho, estudiaba minuciosamente los grabados de sus grandes pinturas religiosas y se esforzaba por hacer sus propias versiones, a la vez copias y variantes igualmente evidentes. En el libro se nos habla de los misterios del hombre del que más autorretratos se conservan.
“Rembrandt – se nos dice en la obra – disfrutaba alterando su rostro en cada dibujo: el lunes, el de un mendigo; el martes, el de un matón; el miércoles, trágico; el jueves, bufón; el viernes, un santo; el sábado, afligido”. El análisis de la última etapa del maestro es antológica, época en la que se liberó de tener que describir la forma literalmente y su pintura empezó a cobrar vida propia, una vida errante que embadurnaba, se arrastraba y retorcía por el lienzo, como en Jacob luchando con el ángel. El libro es imprescindible para los que algo ya conocen de Rembrandt.


Hoy se da la sustitución del abuelo por la televisión. Antes, el abuelo contaba las historias del jabalí y ahora los nietos quieren irse al fútbol. Los jóvenes no se adaptan al campo, se escapan a la ciudad.

De fondo suena el piano de McCoy Tyner, que no sólo es un extraordinario pianista, y extraordinario representante del estilo modal, sino que por la delicadeza de su toque, por la búsqueda de una sonoridad siempre brillante y el carácter ornamental de sus improvisaciones, es uno de los grandes músicos de jazz moderno. El rol que desempeñó en el seno del cuarteto de Coltrane, le ha marcado, sin duda, de forma irreversible, y siempre para bien: el pianista del sosiego, la suavidad, la serenidad y la certeza; lo contrario de los furores inquietos de su líder.

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