La economía necesita más niños
7 febrero 2010
El Gobierno lanza dos ineludibles globos sonda, uno sobre el aumento de la edad de jubilación hasta los 67 años, otro sobre el periodo de cotización que se tendrá en cuenta para determinar la cuantía de las pensiones. El debate está en la calle y España siente que hay que hacer algo –y rápido– para mantener el Estado del Bienestar al que nos hemos acostumbrado.
Al ritmo de envejecimiento de la población en el que estamos inmersos, con tasas de natalidad que sólo superan la mínima del remplazo (2,1 hijos por padres) gracias a los inmigrantes, esos que engrosan buena parte de las listas del desempleo, la población del mañana difícilmente podrá aguantar el coste económica de los muchos jubilados que están por llegar, los del baby boom.
Y mientras el debate fluye de la prensa a las calles, de las calles a las cafeterías y de las cafeterías a los hogares, a nadie se le ocurre, ni por un momento, decir que lo que hace falta es tener más niños. Detrás de lo que ahora nos ocurre se encuentra toda una ideología asentada en las mentes tras años de utilitarismo y que, en su versión familiar, implica tener menos hijos bajo el tragable paraguas de que así se les pueden dar más cosas.
El resultado era el esperado, y nadie se atreve a denunciarlo: los menos niños que vivieron mejor van a tener una edad adulta mucho peor porque se verán obligados a sustentar a más ancianos. A sus padres, cuando cerraron ese grifo de la participación en la creación, no se les ocurrió pensar que la supuesta buena vida que les estaban dando era pan para hoy y hambre para mañana.
María Solano Altaba
Profesora Universidad CEU San Pablo y periodista


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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