Esta ronda ¿Quién la paga?
7 febrero 2010
Con el año nuevo llegó el regalo de una Televisión Pública sin anuncios. TVE emite las películas sin cortes, las series sin cortes, y los informativos sin cortes. Bien, que gusto. Ahora nos podemos sentar en el sillón de casa para ver a Igartiburu del tirón, qué ilusión. Apoquinamos los impuestos para que el Estado mantenga un Servicio Público con el que deleitarnos las tardes de domingo, y mantenernos informados durante todo el día con el Canal 24 horas, qué maravilla.
2009 se cerró con Televisión Española como líder de audiencia. El campeón se retira en la cumbre de su carrera. No más combates, no más asaltos por el cinturón. Se acabó. Ya no tiene luchar por hacerse con la audiencia. Se va en lo mejor, cómo los grandes. Porque ahora, la suculenta tarta de la publicidad se reparten otros, las privadas. Ellos sí que tienen el derecho –y la obligación con sus accionistas- de emitir lo que crean conveniente, (siempre dentro de la legalidad) para que la marca de moda decida ocupar veinte segundos en uno de los cortes del programa más visto.
Ahora todo tiene que cambiar para el púgil retirado. Ya no valen programas de medio pelo. Ahora, o se transforma en un servicio de calidad, con contenidos culturales, informativos, infantiles, deportivos, e incluso políticos de alto nivel, y sin fanfarrias, o cerramos el chiringuito definitivamente. Con el comienzo de la Democracia, se echó el cierre a los diarios públicos como “Pueblo” con el argumento de que el Estado no debía mantener un rotativo a costa del bolsillo de todos. Bien, pues la televisión pública, lo mismo si no actúa como un autentico ente al servicio de todos. Su coste lo pagamos de nuestros impuestos.
Ahora tiene que velar por la difusión de la cultura y la información, mientras el resto plantea el negocio como le venga en gana. No necesitamos saber si la novia del futbolista lesionado en el entrenamiento del Barcelona va de compras por París mientras su compañero yace en el lecho del dolor. No. No valen programas del corazón. No. No valen variedades de sábado noche con imitadores que se lo llevan muerto. No. Ahora se trata de dar las informaciones que otros no dan. De informar como van nuestros pilotos en el Dakar, de volver a ver cine clásico, de escuchar a la Orquesta de RTVE, (que también la pagamos todos), de poder dejar a los niño delante de programas infantiles que les ayuden a formarse.
Y no se trata de hacer que Nuestra Tele sea un pufo infumable, se trata de que el Servicio Público sea público de verdad. Es como si los hospitales sólo se dedicaran a hacer operaciones de cirugía estética, pues eso, que ahora se acabaron las basuras televisivas. Hay que reducir el gasto y no dilapidar los presupuestos con cheques en blanco. Y si no, a vender el negocio y a quitarse el muerto de encima. Ya se hizo, no es nuevo. Telefónica, Iberia, y tantas otras, ahora están en manos privadas, y no son un lastre para una economía que necesita el dinero para otras cosas. Y si no se actúa en consecuencia con esta patata caliente, la broma nos va a costar un ojo de la cara.
Entonces nos echaremos las manos a la cabeza y diremos: Esta ronda ¿quién la paga?


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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