“El azul sobrante”, José Jiménez Lozano
7 Febrero 2010
Ya se sabe que hay artistas de lo grande y de lo pequeño. Berlioz, Victor Hugo o Wagner podían ser una muestra de la creación grandilocuente y catedralicia, y los segundos, los miniaturistas, los genios de lo pequeño podrían ser Edvard Grieg o Robert Walser.
A este segundo género se puede añadir los relatos ‘El azul sobrante’, reciente publicación José Jiménez Lozano, escritor ya muy celebrado, Premio Cervantes de 2002.
Gabriel Albiac ha escrito sobre ‘Azul sobrante’: “Nada pasa. Sólo pequeños milagros, que aquel al cual embrutecen radios y televisores jamás podrá percibir, porque su lenguaje (vemos con la lengua, no con los ojos) fue amputado hace ya mucho para que por nada trascendente pudiera ser herido”. Jiménez Lozano maneja una regla austera de expresión, abunda en castellanos laísmos y en una castiza sonoridad, y así construye sus leyendas de ánimas perdidas y ángeles y frasquitos de azul, y cosas que no se dicen, y cosas que no pasan.
Un hombre que asesina a su mujer por su cuello de garza, porque sí, como aquel personaje de Poe que quiere matar a un viejo por su “ojo de buitre”; otro que ve la estatua de una mujer que ríe, en los musgos del cementerio. Él le dice a un fraile amigo que al tocarle (o “tocarla”, como podría decir) el muslo sintió que los dedos se hundían. O un señor inquisidor que culpa a los italianos por la influencia nefasta de su Petrarca y sus jardines en los enamorados. O una carta secreta en el ataúd. Leyendas mínimas, en fin.
Son 32 breves cuentos. Muchos visitan el mundo de ahora, y van por supermercados y por posibles suspiros y noticias del diario de hoy. Otras están escritas con los libros de Historia a un lado, su ficción refiere a cuando en España había diligencias en los caminos y se ajusticiaba a los asesinos en el cadalso, o cuando reinaba el Carlos II. El embajador francés, protagonista, lo llama “niño doliente”.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Los zurbaranes de Sevilla han conseguido dejar el tiempo desabotonado, en suspenso. Los chinos dicen que ven la hora en los ojos de los gatos. Baudelaire escribió que cuando se inclinaba sobre aquella mujer que le inspiraba sus mejores versos, y la miraba fijamente a los ojos, veía con claridad la hora, “constantemente la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos y segundos”, y es que cuando uno está con quien ama, al tiempo no le salen grumos. La mirada del espectador de Zurbarán tiene mucho de un estatismo que no desaloja de la realidad, sino que hace descubrir a Dios en los mundos y submundos cotidianos.
Claro, un museo que te recibe con tres patios abiertos (el del aljibe es de ensueño) y con sus silenciosos claustros, sólo interrumpidos por el gorgoteo del agua, insinúa que te espera un recorrido de honda experiencia religiosa.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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