¿Realmente un cambio de gobierno arreglaría algo las cosas?
7 Febrero 2010
No estoy muy seguro que nuestro presidente del Gobierno, entre oración y oración junto a Obama, haya tenido un minuto para reflexionar sobre el ciclón que se ha desatado en España en torno a lo que tiene que hacer para salir de la grave crisis política y económica en la que estamos.
Los hechos son los siguientes: algún barón socialista, como el presidente de Castilla-La Mancha, ha pedido públicamente a Zapatero que proceda cuanto antes a un cambio profundo de su Gobierno. Esperanza Aguirre solicita elecciones anticipadas; los “guerristas” -que nadie sabe muy bien ni quiénes ni cuántos son- creen que ha llegado el momento de hacer un Gobierno de concentración nacional con el PP. Y los populares no descartan una moción de censura, que necesitaría el apoyo de los nacionalistas vascos y catalanes para salir adelante. El panorama para el presidente es, pues, como para que tome la decisión de quedarse en Washington unos días y seguir rezando para que escampe pronto.
¿Realmente un cambio de gobierno arreglaría algo las cosas? Sinceramente creo que no, porque el problema no es la incapacidad manifiesta de algunos ministros/as, sino la del capitán de la nave. En cuanto al gobierno de concentración nacional propuesto por los “guerristas”, en teoría no es una mala idea, pero no sé porque me da que no veo a Zapatero aceptando la idea de que tiene que pedirle ayuda a Mariano Rajoy. La moción de censura del PP es algo que está previsto en la Constitución y que tiene una doble virtualidad: en caso de salir adelante, el presidente no tendría otro remedio que dimitir y convocar elecciones, y en el supuesto contrario, al menos serviría para que los populares y mas específicamente Rajoy pudieran presentar en sociedad su alternativa de gobierno, que en algunos extremos todavía permanece difusa.
Por lo tanto, parece evidente que la solución mas aconsejable desde el punto de vista democrático sería la de las elecciones anticipadas. Es decir, ante la situación de grave deterioro económico e institucional que sufre España, dar la palabra a los ciudadanos para que estos pudieran decidir si quieren que la nave del Gobierno la siga pilotando el actual presidente o, si por el contrario, consideran que ha llegado el momento del cambio. Esta solución sólo tiene un problema y es que la potestad de adelantar o no unas elecciones corresponde, según la Constitución, al propio presidente y no parece que Zapatero esté por la labor.
Ningún presidente del Gobierno suele suicidarse, políticamente hablando. Zapatero sabe de sobra, y así lo corroboran todas las encuestas, que si ahora convocara elecciones el PP las ganaría por un margen de entre tres y seis puntos. El presidente querrá fiar su suerte a que en estos dos años que quedan hasta las elecciones generales del 2012 la recuperación económica sea una realidad o a que la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña no le deje con las “vergüenzas” al aire, o vaya usted a saber en qué confía el presidente. Pero lo que está ya meridianamente claro es que Zapatero ya no forma parte de la solución del problema. El es, en carne mortal, el auténtico problema.
Cayetano González


Hoy se da la sustitución del abuelo por la televisión. Antes, el abuelo contaba las historias del jabalí y ahora los nietos quieren irse al fútbol. Los jóvenes no se adaptan al campo, se escapan a la ciudad.
Yo al novelista Julian Barnes le tengo mucho respeto porque pasa de los sesenta y tiene una manera de escribir cautivadora. Los neófitos de la literatura piensan que escribir bien es cuestión de orden y limpieza, juntar frases, darles brillito y hacer que suenen a novedad.
La primera frase de Barnes: “no creo en Dios, pero le echo de menos” es reveladora de lo que vendrá, una obstinación percutiva por no dejar en ningún momento de hablar de Él.
En cuanto a la obstinación por la muerte, el escritor huye de ella a través de perífrasis vitales. Cuenta la anécdota del compositor
De fondo suena el piano de McCoy Tyner, que no sólo es un extraordinario pianista, y extraordinario representante del estilo modal, sino que por la delicadeza de su toque, por la búsqueda de una sonoridad siempre brillante y el carácter ornamental de sus improvisaciones, es uno de los grandes músicos de jazz moderno. El rol que desempeñó en el seno del cuarteto de Coltrane, le ha marcado, sin duda, de forma irreversible, y siempre para bien: el pianista del sosiego, la suavidad, la serenidad y la certeza; lo contrario de los furores inquietos de su líder.


Commentarios
¿Tiene algun comentario?