Hablemos en serio de Facebook
4 Febrero 2010
Facebook tiene apego al gigantismo, a esa secreción excesiva de la hormona del crecimiento, y se está colando en todos los ordenadores. Es una red social que se dispara, gana más adeptos al día que sindicatos y partidos políticos. Como el ser humano es por naturaleza locuaz, Facebook tiene el don de hacerte desembuchar, si te prestas, la vida entera. Es verdad que de todas las angustias que oprimen al hombre, una de las más asfixiantes es la que proviene de no sentirse visto y oído. Porque el ser visto es requisito indispensable de verse a sí mismo.
Quizá la herramienta de poder contar “lo que estás pensando”, haya que usarla con talento, para que no se convierta en una pared en blanco de grafitero, donde cabe lo banal, en fin, lo inane, “me acabo de levantar“, “mirando las nubes“, “me aburroooooo“. El ser humano tiene una extraordinaria capacidad de revelarse, cualidad que se muestra a años luz del narcisismo. Revelarse es mostrarse, comunicar un quien, no un desahogo sentimental barato.
FB es un cabal identificador de personalidades. A los espectadores de Gran Hermano se les reconoce, a los que leen una novela semanal y a los que les duele España, también. A los que no saben lo que hacer con cada una de las veinticuatro horas se les descubre, y a los que odian, y a los que no se interesan por la vida ajena.
Habría que reinventar Facebook y humanizarlo, convertirlo en fuente de permanente creatividad. Facebook podría ser un think tank de millones de miembros, que cada día exponen su mirada a la realidad desde la intención de mejorarla. La realidad es una tierra que exige el arado diario, sólo la mirada del hombre es capaz de hacérla fértil. Los 5.000 amigos con los que un usuario de FB puede contar, conforman una red de intercambio de propuestas. Cada uno de nosotros tiene un mundo propio, y la intuición de vocación que llevamos dentro de donarnos, nos exige pensar lo que hacemos, repensar, proponer, debatir, buscar la verdad. Facebook debería ser un inmenso tapiz donde el hombre buscara a diario la respuesta a quién es.


Hoy se da la sustitución del abuelo por la televisión. Antes, el abuelo contaba las historias del jabalí y ahora los nietos quieren irse al fútbol. Los jóvenes no se adaptan al campo, se escapan a la ciudad.
Yo al novelista Julian Barnes le tengo mucho respeto porque pasa de los sesenta y tiene una manera de escribir cautivadora. Los neófitos de la literatura piensan que escribir bien es cuestión de orden y limpieza, juntar frases, darles brillito y hacer que suenen a novedad.
La primera frase de Barnes: “no creo en Dios, pero le echo de menos” es reveladora de lo que vendrá, una obstinación percutiva por no dejar en ningún momento de hablar de Él.
En cuanto a la obstinación por la muerte, el escritor huye de ella a través de perífrasis vitales. Cuenta la anécdota del compositor
De fondo suena el piano de McCoy Tyner, que no sólo es un extraordinario pianista, y extraordinario representante del estilo modal, sino que por la delicadeza de su toque, por la búsqueda de una sonoridad siempre brillante y el carácter ornamental de sus improvisaciones, es uno de los grandes músicos de jazz moderno. El rol que desempeñó en el seno del cuarteto de Coltrane, le ha marcado, sin duda, de forma irreversible, y siempre para bien: el pianista del sosiego, la suavidad, la serenidad y la certeza; lo contrario de los furores inquietos de su líder.

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