“El testamento”, Rainer María Rilke
31 Enero 2010
Hace bien poco tiempo, una pareja de la antigua edición de Gran Hermano salió en un reality contando su caso. Los dos se habían enamorado atropelladamente, como si de actores de comedia americana se tratara, y se habían jurado amor eterno. Fruto del asunto fue que ella se había quedado embarazada, pero la cosa se rompió inesperadamente, y se rompió además sin tragedias ni desguaces interiores, se rompió como si hubieran decidido ir al cine en vez de al teatro, sin desgracias personales, como cuando deja de llover y uno dice “menos mal que el sol ha vuelto a salir”.
Pues cuando a Rilke se le marchó la mujer de su vida se quedó sumido en una desgracia sin cuento, todo se precipitó a su alrededor, se le nubló la vista y escribió un maravilloso documento cuyo protagonista es el dolor. Porque cuando uno entrega su corazón a alguien no ofrece una porción de sí mismo sino hasta los pliegues de su alma.
Rilke, en El testamento dice que “todo lo que me rodea me ha pertenecido a través del oído”, porque al oído le llegaba la voz de la enamorada, el sonido de su presencia y su pertenencia, “estábamos unidos para que el silencio pudiera subsistir entre nosotros”, “el rostro de ella vino a ser el futuro: a través de los ojos de ella miraba hacia lo abierto”, “¿debo llamarme por siempre desgraciado porque no puedo tomar el amor tan a la ligera como para arrancar de él una elevación de mis facultades?”.
Rilke sabía que era incapaz de tomarse el amor a la ligera, porque como ser humano se ve imposibilitado para abaratar lo que de por sí no tiene precio.
Por eso, en esta obrita maravillosa juzga duramente a los que promueven ese lanzamiento del corazón que se agota en el abrazo, en la aceleración del encuentro, en la impaciencia de la posesión del amante, y exalta la posición de peregrino de todo verdadero enamorado, la del buscador que encuentra y no agota, que halla y sigue buscando. “Vivir en los abrazos – dice – sólo puede hacerlo quien pueda morir en ellos. Porque el abrazo por el abrazo lleva en sí mismo la flor de la corrupción, el éxtasis del amor físico conduce rápidamente a la cima de una montaña pero enseguida arrastra al abismo. En cambio, cuando uno pone toda la carne en el asador y se ha jugado la propia vida en el amor entonces descubre quién es el ser humano.
Así, El testamento de Rilke es una obra cuyo protagonista es el desconsuelo de ese amor auténtico que se evaporó. Sólo recomendable para auténticos enamorados.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Los zurbaranes de Sevilla han conseguido dejar el tiempo desabotonado, en suspenso. Los chinos dicen que ven la hora en los ojos de los gatos. Baudelaire escribió que cuando se inclinaba sobre aquella mujer que le inspiraba sus mejores versos, y la miraba fijamente a los ojos, veía con claridad la hora, “constantemente la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos y segundos”, y es que cuando uno está con quien ama, al tiempo no le salen grumos. La mirada del espectador de Zurbarán tiene mucho de un estatismo que no desaloja de la realidad, sino que hace descubrir a Dios en los mundos y submundos cotidianos.
Claro, un museo que te recibe con tres patios abiertos (el del aljibe es de ensueño) y con sus silenciosos claustros, sólo interrumpidos por el gorgoteo del agua, insinúa que te espera un recorrido de honda experiencia religiosa.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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