El 58% de los holandeses no sabe por qué se celebra la Navidad
3 Enero 2010
Holanda es un país en el que hoy el 41% de la población declara no tener ninguna creencia religiosa y el 58% no sabe ya qué es la Navidad.
Amsterdam está de fiesta en estos días navideños. Espléndidas luminarias alumbrando la Damrak y la plaza Dam; pistas de patinaje llenas de jóvenes risueños; muchos Papá Noel, y las notas de «Jingle bells» Suenan las campanas que salen de los grandes almacenes atestados de gente. ¿Pero que queda de la Navidad, en un país entre los más secularizados de Europa, donde el 58% de la población, según una investigación, no sabe con exactitud lo que ha sucedido ese día? ¿En un país con 900 mil inmigrantes árabes sobre un total de 16 millones de habitantes, y veinte mezquitas sólo en Amsterdam?
La Neuwe Kerk, la iglesia donde eran coronados los reyes de Holanda, es un museo. La única «iglesia» atestada de gente en la ciudad es la de la Cientología, con seis pisos en pleno centro. «Instituto de tecnología religiosa» se lee en un aviso puesto en el interior. Ofrecen en forma gratis una prueba para medir el stress. Hay mucha gente.
Los holandeses tienen miedo a los musulmanes. Dos terceras partes de los holandeses dicen que los inmigrantes son demasiados. En la periferia hay algunos barrios, como el Slotervaart, guetos exclusivamente islámicos, donde es casi imposible encontrar un holandés. Todos se han ido de allí. Rotterdam tiene además un porcentaje de islámicos todavía más alto, y un intendente musulmán. Un diario estadounidense la ha llamado «la pesadilla de Eurabia».
Sólo el 7 % de los católicos va hoy a misa el domingo. Se bautiza el 16 % de los niños. En 1964 se abolió la enseñanza religiosa en las escuelas. Dos generaciones de holandeses han olvidado el alfabeto cristiano.
Buscando todavía la Navidad, en el número 40 de Oudezijds Voorburgwal, en el Barrio Rojo, hay un pequeño portón. En el último piso del Museum Amstelkring hay una iglesia, una iglesia clandestina, que se remonta a la época de las persecuciones calvinistas, las cuales prohibían el culto católico. En el desván hay un altar, un órgano y diez bancos, a los que los fieles accedían a escondidas. La iglesia se llama «Ons’Lieve Heer op Solder»: Nuestro Amado Señor en el Ático.


Hoy se da la sustitución del abuelo por la televisión. Antes, el abuelo contaba las historias del jabalí y ahora los nietos quieren irse al fútbol. Los jóvenes no se adaptan al campo, se escapan a la ciudad.
Se acabó la Feria de Fallas, y con ella la alegría de volver a ver a los maestros del estoque, que llevan “todo el valor en el pecho y todo el temor en los pies” (Calderón). Es una despedida mensual, ya que pronto vendrá la Feria de Abril, como dejamos en febrero la de Vistalegre.
Espido Freire me llama y se me arrebata con su cadena de juicios en contra, “los toros son mamíferos, como nosotros”, ya, pero no es lo mismo un mamífero autoconsciente que un mamífero sin un adjetivo tan principesco; “sufren, sufren mucho”, pero le digo que se sufren más en el matadero, que los toros por desollar huelen de lejos la guillotina que se les avecina, y caen presas de infarto en la cola de ajusticiados, verídico.
Hay tanta belleza creada por la mano diestra del diestro en ese garabato de segundos, que en ocasiones me levanté emocionado del sofá, viendo por el PLUS a El Juli y a Ponce, que no son santos de mi devoción, pero que últimamente andan creciendo como si principiaran.
De fondo suena el piano de McCoy Tyner, que no sólo es un extraordinario pianista, y extraordinario representante del estilo modal, sino que por la delicadeza de su toque, por la búsqueda de una sonoridad siempre brillante y el carácter ornamental de sus improvisaciones, es uno de los grandes músicos de jazz moderno. El rol que desempeñó en el seno del cuarteto de Coltrane, le ha marcado, sin duda, de forma irreversible, y siempre para bien: el pianista del sosiego, la suavidad, la serenidad y la certeza; lo contrario de los furores inquietos de su líder.


son unos estupidos