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Silencio estático

29 diciembre 2009

Quema en mi mano el pergamino púrpura. Fogoso, denuncia un puesto privilegiado en la noche de la natividad del Señor, cerca del altar de la confesión de Pedro. Amable invitación que correspondo ocupando pronto mi lugar en la basílica vaticana. «Pillar sitio» no es la clave de la antelación, sino el momento de oración que precede a la celebración eucarística que presidirá el Papa. Una vigilia de preparación tejida de las profecías que anunciaron al Mesías prometido, plegarias que invocaron su venida, silencio cósmico que envolvió su nacimiento.

Bien lo explica la oficina pontificia de celebraciones litúrgicas, que nos introduce en los albores de la Iglesia de Roma, desde que los cristianos celebran el misterio de la Navidad en el corazón de la noche, recordando el silencio que todo rodeaba cuando descendió la Palabra divina y la luz brilló ante los pastores, que, despiertos, acogieron el gozoso anuncio del nacimiento del Salvador.

Toda la creación en espera, en «silencio estático»: es la última parte de esta mini-vigilia, justo antes del canto de la Kalenda. Y oímos de las antiguas narraciones del nacimiento de Cristo que «en el mayor silencio, en aquel momento, se detuvieron, temblorosas, todas las cosas»; que «el mismo polo cesó el ágil movimiento de su curso» y que «la medida de las horas casi había pasado». «Schola» y fieles cantan, con pausa, este silencio: cuando «la noche estaba a mitad de su curso, tu Palabra omnipotente, oh Señor, vino desde tu trono real». Inmediatamente el cantor anuncia el nacimiento del Salvador y al instante el Papa, concelebrantes y ministros se encaminan al altar.

La «schola» apenas ha tenido tiempo de darle la bienvenida con «Tu est Petrus» y ya le han derribado. Un grito, un clamor; se corta el aire; tememos lo peor. Petrus-piedra se alza veloz. Demudado, y todos como él. Reanuda el peregrino su camino al altar, donde le espera Jesús-Niño. Durante el trecho de la navata central ya ha dado la vuelta al mundo la noticia-suceso. Y cuando vemos llegar a Benedicto XVI al altar de la confesión, sabemos de sobra -¡ah, las nuevas tecnologías!- todo lo ocurrido. Y ochenta televisiones de setenta países, todos en directo.

Pero se sobrepone rápido este titán de la fe, y se empeña en dar la «noticia que no puede dejarnos indiferentes», porque «si es verdadera, todo cambia». Emmanuel, Emmanuel, se había cantado. Corresponsal de excepción, desgrana el Papa: «Ésta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues ésta se ha hecho carne»; «Dios es realmente un “Dios con nosotros”»; «Él ha entrado en el mundo», «es quien está a nuestro lado»; «viene a nuestro encuentro», «y ahora nos pide: Venid a ver cuánto os amo. Venid a ver que yo estoy aquí». ¿Cómo? Sin dejarnos «subyugar por todas las urgencias de la vida cotidiana»; enarbolando «la libertad interior de poner en segundo plano otras ocupaciones –por importantes que sean– para encaminarnos hacia Dios, para dejar que entre en nuestra vida y en nuestro tiempo». ¡Despertando! Que «significa desarrollar la sensibilidad hacia Dios».

Varias veces en Adviento el Papa había acudido al «poverello» de Asís, alma de tal sensibilidad que hizo de Greccio la otra Belén. Porque «estaba profundamente enamorado del  hombre Jesús, del Dios-con-nosotros». Porque se moría por «experimentar de forma concreta, viva y actual la humilde grandeza del acontecimiento del nacimiento del Niño Jesús y de comunicar su alegría a todos».

Y de la histórica noche de Greccio da cuenta el primer biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano. Leo en las fuentes franciscanas su anhelo: «Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». Diácono, Francisco canta el Evangelio durante la misa, en el mismo pesebre; «luego predica al pueblo que asiste –escribe Celano-, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice “el Niño de Bethleem”, y, pronunciando “Bethleem” como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección».

Sonora noche de silencio estático y extático. «Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso tiene una admirable visión –sigue Celano-. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios [Francisco] y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría».

San Buenaventura también recoge el testimonio: Juan de Greccio aseguró «haber visto dormido en el pesebre a un niño extraordinariamente hermoso, al que, estrechando entre sus brazos el bienaventurado padre Francisco, parecía querer despertarlo del sueño. Dicha visión del devoto caballero es digna de crédito no sólo por la santidad del testigo, sino también porque ha sido comprobada y confirmada su veracidad por los milagros que siguieron».

Una escena, como decía el Papa la víspera de Nochebuena, que «describe con gran precisión todo lo que la fe viva y el amor de san Francisco a la humanidad de Cristo han transmitido a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de que Dios se revela en los tiernos miembros del Niño Jesús». Por eso, «gracias a san Francisco, el pueblo cristiano ha podido percibir que en Navidad Dios ha llegado a ser verdaderamente el “Emmanuel”, el Dios-con-nosotros». Más aún: «Su condición de Niño nos indica asimismo cómo podemos encontrar a Dios y gozar de su presencia», y «la luz de la Navidad podemos comprender las palabras de Jesús:  “Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”».

Que la Navidad no es un cuento de niños ya lo había advertido Benedicto XVI este Adviento. Tantas veces invitando al silencio que se hace escucha y acogida. A la sensibilidad que sintoniza con el tierno Dios. Sabia Iglesia, que con la octava de Navidad celebra y extiende la oportunidad de revivir el inaccesible-misterio-accesible. Y es que, de la comprensión del misterio de la Navidad –apunta el Papa-, depende entender «el elemento decisivo de la existencia cristiana», porque sólo acogiendo a Jesús «con corazón de niño» se «puede entrar en el reino de los cielos». «Esto es lo que san Francisco quiso recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos, hasta hoy». Su belén puso de «relieve el amor inerme de Dios, su humildad y su benignidad, que en la Encarnación del Verbo se manifiesta a los hombres para enseñar un modo nuevo de vivir y de amar».

Marta Lago

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