La ciudad que se fue al infierno
27 diciembre 2009
A la Ciudad Juárez (México) se la conoce como la más peligrosa del mundo. La mitad de Juárez -cruzando el Río Bravo desde El Paso, Texas- tiene un aire de ciudad fantasma; la otra mitad parece un campo de batalla que se calla un rato para que los automóviles puedan abandonar la ciudad.
Incontables maquilas están paralizadas, los centros comerciales tienen tan poca vida como los campos de algodón en el este e incluso la fachada de la morgue está acribillada a balazos. Miles de autos andrajosos circulan sin aparente destino, los vendedores de fritangas de la placita donde se erige la catedral conversan entre ellos, y los soldados que patrullan las calles con un dedo en el gatillo lucen más tensos que los civiles.
Esta mañana encontraron a una mujer enterrada en su propio patio trasero a pocas calles de donde me alojo. Otro tiroteo había dejado un par de víctimas en el Paseo Triunfo de la República, arteria principal. Alguien mencionó que un niño había sido hallado colgando de un puente, otro cadáver que se suma a la insensible estadística: 2.300 personas asesinadas en lo que va del año. No sorprende que una cuarta parte de la población se haya marchado.
Es difícil concebir a Juárez como el emporio que alguna vez fue. En las últimas décadas, se establecieron cientos de maquilas con capitales norteamericanos, suizos y japoneses. Una abundante oferta de mano de obra capacitada, parcialmente entrenada por las escuelas tecnológicas locales, llevó a Delphi, Valeo, Visteon y Lear a fijar aquí sus principales plantas de producción. Y la sicalíptica vida nocturna de Juárez atraía a una muchedumbre de tejanos los fines de semana. Resulta aún más difícil concebir a este rincón del estado de Chihuahua como el lugar legendario donde Benito Juárez estableció la capital de la nación en el siglo XIX y donde la Revolución Mexicana selló su victoria.
Pocos espectáculos son más elocuentes con respecto a la degradación de la vida en estos lares que el de los migrantes expulsados de EE,UU. que regresan por el puente Santa Fe cada tarde. Tan pronto llegan, docenas de individuos los acosan y procuran forzarlos a que se dirijan a las agencias de cambio de divisas, donde a menudo son secuestrados o engañados con tipos de cambio delirantes. Acompañé a un grupo de deportados hasta una casa de huéspedes operada por un fraile católico. Oí decir a uno de ellos: «Esto jamás ocurriría en Estados Unidos». Su tono resignado hizo que sonara como si hubiese dicho: «Esto jamás ocurriría en casa», una ironía cruel en boca de un deportado.
Nadie sabe exactamente por qué Juárez se fue al infierno, pero la mayoría culpa a la guerra del Gobierno federal contra ciertos cárteles de la droga. Sostienen que la decisión de concentrarse en un par de grupos específicos, particularmente La Familia de Michoacán, generó un imprevisto reacomodo de alianzas y sacó a la superficie a un mundo criminal. La guerra entre los cárteles de Sinaloa y Juárez, y entre ellos y las autoridades mexicanas, hizo jirones la ciudad. Las consecuencias se extienden más allá de Juárez.
Más de 10.000 personas han sido asesinadas en México. Recorrí en auto unos 700 kilómetros de la frontera mexicana hasta llegar a Altar, en el desierto de Sonora, y comprobé la sangrienta presión que La Familia ejerce sobre el cártel de Beltrán Leyva. La opinión general en Juárez es que el Gobierno no estaba preparado para las consecuencias de su política y que la incapacidad para prever sus efectos desencadenantes en el equilibrio de poder entre las diversas mafias regionales convirtió lo que podría haber sido un emblema de la ciudad fronteriza transcultural de nuestro tiempo en una Bagdad sin ejército estadounidenses.
Uno preferiría que Juárez pudiese morir del todo para renacer más tarde. A diferencia de las personas, las ciudades pueden resistir cuanto sea necesario. Algunos lo llaman estoicismo, pero una generación entera de mexicanos apreciarían un poco menos de estoicismo y un poco más de vida.
Álvaro Vargas Llosa


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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