“Divorcio en Buda”, Sándor Márai
27 diciembre 2009
Ya nos conocemos al húngaro Márai porque sus obras se venden como churros (y pensar que hasta hace nada, hasta la caída del muro del Berlín, era un escritor muerto y bien muerto, enterrado por el silencio que le impuso el régimen comunista y el certificado de non grato al corpus de su obra).
Divorcio en Buda se lee en una tarde, en una tarde en la que uno no ande de acá para allá con escaparates, baretos, exámenes y otros divertimentos. Es breve y tiene el espesor del mejor Tolstoi.
Es la historia de un amor y la historia de un dolor que sólo se resuelve al final de la obra. Es como Los muertos, ese cuento magistral de Joyce que forma parte de Dublineses, en el que el diálogo final del matrimonio es tan hondo y revelador que rompe con la superficialidad de esas conversaciones de complicidad burguesa que habían mantenido horas antes en una casa llena de invitados. Pues así Márai en ese diálogo último.
En Divorcio en Buda hay diamantes que brillan intensamente, como esa relación honda del matrimonio protagonista, que fueron capaces de reservar su sexualidad hasta el matrimonio no por disposición social o cultural sino por la consideración emocionada de un encuentro tan verdadero que les exigía una total disposición vital.
Aparece en la obra un cura que no busca a Dios a dentelladas, exigiéndole respuestas, soluciones de ¡ya!, etc., sino que es consciente de que con Él no tiene por qué defenderse sino prepararse para cuando quiera visitarlo. Y cuando el dolor aparece por la puerta, se muestra Márai corrosivo, despiadado, “¿qué nos espera ahora?, ponernos en camino en medio de la oscuridad, en el mundo gris, vacío y frío… y vivir así muchos años. Comer, dormir, hacer el amor…, sí, ¿por qué no? Como hasta ahora. Uno no se da cuenta.
No quiere darse cuenta, no se atreve a ver que la vida, de pronto, carece de sentido, de contenido… ¿Dónde puedo refugiarme? ¿En la vida? ¿Y qué es la vida?”. Joyita.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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