Alfredo Bikondoa, o cuando el arte va más allá de la apariencia
27 diciembre 2009
El arte no es un campo de refugio, pinto para desarrollar la conciencia que se relaciona con la realidad última; estar despierto en el presente continuo, manifestando la propia naturaleza esencial.
Para la mayoría el arte es un misterio insondable, intuyen que el artista está en contacto, a través de su hacer, con una realidad para algunos inalcanzable. Las obras son hijas del misterio, manifestaciones de una realidad que se nos escapa a nuestra comprensión racional.
El arte no pertenece al ámbito del tiempo. Altamira es hoy día un arte tan actual como la mejor de las obras contemporáneas. Un arte que responde a la moda no permanece, porque su centro magnético no está en él.
El arte en su ejercicio es medio de salvación. Pintar con un amor desinteresado, con un gesto tan potente que corte con las ilusiones del espectador y lo ancle en el ahora. La contemplación de la obra devuelve la mirada al propio “sí mismo”, siendo objeto de inspiración para la evolución personal.
En el arte hay tres niveles: 1º pintar el mundo aparente, el realismo; 2º pintar el propio yo, o mundo interior y 3º pintar el mundo esencial. Picasso ya intentó pintar la cuarta dimensión. Ese es el reto del arte de hoy día, tal vez los símbolos espirituales no acaban de aparecer. Volviendo al inicio de la pregunta, sólo puedo responder que se puede pintar desde la iluminación, y que una obra puede llegar a transmitir una energía capaz de cambiar de arriba a abajo y de dentro a fuera, a ciertos seres sensibles. Los grandes artistas pintan desde la visión directa de lo real, es decir, desde un profundo abismamiento.
Quien quiera gozar del arte tiene que preparar y poner a tono el instrumento de la receptividad espiritual, a fin de lograr la profunda resonancia, que sólo es posible en la mente que se vació de todo pensamiento perturbador y de toda inquietud.
Yo no busco, encuentro. Así que permito que emerjan las cosas más dispares, que pueden ser filones o no serlo. Les doy la oportunidad de ser sin condicionamientos. Efectivamente no se sabe muy bien a dónde pueden llevar. Vienen de ahí de dónde venimos tú y yo.
Alfredo Bikondoa


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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