Alda Merini, mística de urbe
27 diciembre 2009
Y ahora, que estoy en plena fase de deslumbramiento, me entero de que Alda Merini acaba de morirse. Ha sido en noviembre de este año, anteayer, como quien dice. Justamente ahora, que me he enamorado de su poesía, sólo puedo saber más de ella buscando sus poemarios hacia atrás, como el cangrejo.
Me emocionó la manera como describía su despertar a la fe, “mi madre, al mostrarme las flores del durazno, me decía: niña mía esta es la imagen del Señor, una floración continua, una floración primaveral, un almendro en flor. Puedo asegurarte que ninguna niña tuvo tal sed de Dios como yo”.
Pero a la Alda niña le quedaba por delante una vida desgarrada que, con diez años, no podía sospechar. Vivió casi veinte en manicomios, de 1961 a 1978, sobrevivió a setenta cigarrillos diarios y cuarenta electrochoques.
Pero ni la muerte temprana de sus padres, ni las infidelidades de su marido, ni la separación de sus hijas, pudieron hacer una sola fisura en su intimidad con Jesucristo, el hombre-Dios saturado de piedad que cada día “reclina el oído en mi corazón, y lo escucha”. Aconsejo la lectura de “Cuerpo de amor” para estos días de Navidad, ya que la poesía, como cualquier belén, exige el silencio, serio, contemplativo, como el del niño ante el fuego.
La poetisa milanesa nunca temió el silencio de Dios, es más, se enamoró de esas palabras secretas, tan suyas, “Jesús, cuántos malandrines se han acercado a mí, buscando corromper mi silencio con falsas palabras, pero tú amaste al niño antes de que pudiera hablar, y por ello las palabras y las mentiras han sido trama de manos condenadas que tú no quieres ver, puesto que amas el silencio”.
Alda Merini ha polinizado su poesía con oración, hasta el punto de indiferenciarlas. La misma Madre de Dios era una mujer que “llevaba en el alma la poesía: para ella, un ángel podía ser la visita de todos los días”. Qué razón tenía Von Balthasar cuando afirmaba que quien juzga al arte como juguete exótico del burgués, no será capaz de rezar y, muy pronto, ni siquiera de amar.
Me gusta Alda Merini, estaba convencida de la existencia de Dios porque no se sabía tirana de su voluntad y los científicos no pueden haber creado el océano Pacífico. En las fotos aparece siempre desgreñada, como hija sucia de la ceniza, con collar de perlas y cigarrillo. Detrás de los desconchones de su porte, latía una mística de urbe.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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