La Navidad sin Natividad
20 diciembre 2009
Bueno, ya están aquí. Las Navidades siempre llegan. Todo se envuelve con un aroma distinto, colorido, luminoso. Oropel al por mayor para comprar al detal. En eso se han convertido unas fiestas que ya quedan lejos de la bondad de Clarence, el ángel que salva a Jimmy Stewart en ¡Qué bello es vivir! Así estamos, no nos engañemos. Pero podemos ir a peor.
Los crucifijos se van a ir de las aulas por decreto, y después serán los belenes, y la cabalgata, y la estrella que corona los abetos, y bueno, quién sabe, todo esto puede ser patrocinado por buenas marcas de colonia o ropa para no dejar desangeladas una fechas tan lucrativas. Una lucha sin sentido que mantienen los que no ven, o no quieren ver, algo que forma parte de nuestra cultura, de nuestra historia, de nuestra forma de entender el mundo. Unas señas de identidad que nos han hecho ser lo que somos.
Bueno o malo, es lo que somos. Creyentes, o no. Laicos o cristianos. No se entiende que una parte quiera imponerse a la otra a golpe de decretos en un país que presume de libertades.
La libertad, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “es la facultad natural que tiene el hombre para obrar de una manera u otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”. Entonces, a nadie se le obliga a poner un nacimiento en casa, ni a creer en los Reyes Magos, ni a coronar el árbol con una estrella. El respeto hacia los demás es una condición indispensable para que todos podamos ejercer esa libertad. El Estado no debe imponer los criterios arbitrarios del partido que ostente el gobierno. Porque entonces a eso se le llama dictadura. Ni más, ni menos.
En el ajedrez, la torre se mueve en horizontal o vertical, y puede recorrer así todo el tablero. Es libre de hacerlo dentro de esas reglas. Darle libertad no implica que cuando nos venga en gana pueda moverse en diagonal, eso es cosa del alfil. Cambiar eso es trampa. Cambiar eso es imponer por la fuerza reglas que no están contempladas en el juego. Cambiar eso es propio de niños que se creen dueños de las reglas, porque son dueños del tablero. El gobierno no es el dueño del tablero, es el custodio. Es el que debe velar para que el tablero esté a punto para el juego. Para que todos los ciudadanos podamos participar con nuestros movimientos, sin perjuicio de los movimientos que otros puedan hacer con sus fichas dentro de esas reglas. Ni más, ni menos.
Resulta llamativa la actitud del ejecutivo socialista en su concepción de la libertad. Una imposición de libertades no es libertad. Es un proyecto de Estado más propia del siglo XIX, cuando Karl Marx proclamaba abiertamente que; “sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente”. (Manifiesto comunista, 1872)
Si es así, y entiendo que la palabra “violencia” se sustituye por “imposición”, el nuevo orden social pasa por anular conceptos tan arraigados en nuestra sociedad, como le crucifijo sobre la pizarra de las aulas, o los villancicos tradicionales. En algo nos hemos equivocado, porque si queremos darnos nuevas reglas, eso es algo que tenemos que consensuar entre todos. Ya lo hicimos en el 78.
No se nos escapa que las Navidades, son desde hace mucho tiempo, el escaparate de una feria comercial y lúdica. Para otros, la Navidad, es un periodo de reflexión, de comunión en su fe. Y para otros, un poco de todo. Bien, cada uno ve la fiesta como lo cree conveniente. Cada uno adopta en su vida los valores que considera, y actúa en consecuencia. Pero no podemos imponer a los demás nuestra forma de ver la vida. El respeto a todos debe formar parte esencial de juego. Eso no es discutible, porque sino, al final, nos veremos atrapados por las normas que nos imponga el Ministerio de la Felicidad. Al tiempo.
Feliz Navidad a todos. A TODOS.
José Cabanach


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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