Elefantes en el Parlamento
20 diciembre 2009
La nefasta Ley del Aborto (en realidad “Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo”) avanza hacia su aprobación parlamentaria (si un milagro no lo impide) como un elefante en una cacharrería. Cuando estas líneas sean publicadas, el previsible resultado de la votación en el Congreso estará ya decidido. Pero es necesario denunciar la torpeza, por decirlo suavemente, con la que se ha tramitado esta Ley que avergüenza a los amantes de la vida.
La ceguera, la inconsistencia de los argumentos, la ideologización política, el mal uso de las instituciones democráticas… quedan manifiestas en el modo en que los diputados de la Comisión de Igualdad consiguieron sacar adelante el proyecto negociando los votos como si se tratara de cambiar cromos. No sé cuánto tiempo habrán dedicado sus señorías a estudiar el tema… me temo que poco. En el diseño de la Ley y en su tramitación parlamentaria ha habido una ausencia total del rigor exigible a quienes tienen en sus manos aprobar las leyes que han de regir el orden de la sociedad.
Los señores diputados han debatido sobre la vida como si se tratara de un asunto menor, como si ellos fueron los dueños de este derecho humano fundamental y los demás tuviéramos que agachar la cabeza sin rechistar. Y cuando alguna voz sensata se ha alzado para denunciar esta barbaridad, las altas esferas gubernamentales han salido con la archisabida evidencia de que el Parlamento es el encargado de legislar y de que los demás calladitos. Gracias a Dios, la voz de la sociedad no se ha apagado.
A las numerosas manifestaciones que han intentado poner freno a la sinrazón, se unió estos días la de la Universidad de Navarra, que a través de un documento suscrito por las Facultades de Medicina, Enfermería, Ciencias y Farmacia se niega a incorporar a los contenidos de educación las técnicas abortivas, según establece la Ley, y reitera su compromiso de “formar profesionales para curar, investigar y ayudar”. Así, mientras el Parlamento cocina la ideología de turno siguiendo las recetas de los ingenieros sociales del momento, la vida de los ciudadanos va por derroteros muy diferentes.
Una prueba más es el testimonio de un padre que me llegó estos días: “el primer embarazo de mi esposa (allá por el año 99) no llegó a término, en una revisión nos dijeron que el bebé había fallecido. Tenía tres meses de gestación. Fue muy duro, sobre todo para ella. Afortunadamente Santi llegó rápido a poner bálsamo en nuestros corazones. Siempre he tenido claro que la vida comienza con la concepción y así hay que preservarla, pero en mi propio caso no me había dado cuenta de que tenía un hijo en el cielo rezando por nosotros”. Este ex rockero acaba de reencontrarse con el Señor, pero la convicción de que “la vida comienza con la concepción” era muy anterior a su conversión religiosa. No le hizo falta la fe, sino el sentido común y una observación sin prejuicios de la realidad para darse cuenta de que lo que su mujer concebía en su vientre era un ser vivo humano, el de su hijo (luego, la fe le dio la certeza de que sigue vivo, aunque todavía no puedan estar juntos).
Ante la aprobación de la Ley he pensado mucho en las palabras de este hombre. Quienes amamos la vida sentimos que la Ley nos mata un poco a cada uno, pero –aunque parezca lo contrario- los proabortistas no han ganado la batalla. Los niños víctimas del aborto desde 1985 y los que se sumarán a ellos a partir de ahora, forman ya una Legión invencible en el cielo. Muchas madres que han sufrido abortos espontáneos y muchas otras que sufren ahora las consecuencias de un aborto provocado lo saben. Cuentan con sus hijos aunque no los vean. Esas vidas no han caído en el vacío, no han desaparecido sin más, la locura política no ha podido eliminarlas definitivamente. Adolfo y su mujer lo saben. Lo saben miles de parejas que han perdido a sus hijos antes de nacer. Los gritos silenciosos de esos niños llegarán tarde o temprano a los Parlamentos. Sus padres hablarán por ellos.
Y entonces, por fin habrá triunfado la sensatez y podremos hablar de auténtica civilización. Entre tanto, seguiremos en la barbarie.
Dora Rivas, periodista


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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