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Nueva Ley del aborto, un despropósito disfrazado de progresismo

6 diciembre 2009

No suelo escribir sobre política. Para exponer ideas en ese terreno prefiero las distancias cortas, el cara a cara, el debate ante una buena taza de café. Pero como dijo uno de los grandes intelectuales que dio la izquierda en el siglo XX, George Orwell: “Hay momentos de tal degeneración en los que se hace preciso defender lo obvio”.

Y lo obvio es que estamos viviendo un momento en el que las leyes que se están promulgando desde el gobierno, se parecen más al argumento de una ópera bufa que al trabajo serio y responsable que se debe esperar de unos gobernantes.
Si Felipe González convirtió España en su cortijo particular, José Luis Rodríguez Zapatero lo ha ocupado con un gigantesco parque de atracciones. Barracas de feria para niños, llenas de luces deslumbrantes y colores vacíos que sólo pretenden vender algodón de azúcar. Que no alimenta, pero entretiene. La tinta de calamar nos está saliendo cara, muy cara.

De momento ahora, las niñas de dieciséis años van a poder abortar libremente, y con cargo a la Seguridad Social, sin el conocimiento de sus padres. Eso sí, si van a ponerse un piercing necesitan la autorización paterna. Ole. No pueden votar, porque no han alcanzado la madurez necesaria para decidir quién quieren que dirija su país, comunidad o ayuntamiento. Pero sí están capacitadas para decidir sobre el futuro de un no nato.

A nadie se le escapa que esas niñas que hoy tienen dieciséis, para las próximas elecciones ya podrán acercarse a las urnas. Y no hay nada mejor que convertirse en sucedáneo de padre comprensivo y progre, para que te voten. Los padres acaban de perder el control sobre la educacón de sus hijos, un derecho que parecía inalienable se difumina, la Patria Potestad queda anulada a favor de un Gran Hermano mucho más laxo, otra vez Orwell. Eso es romper las reglas del juego a mitad del partido. El Estado no está para intervenir en todo, al menos un Estado democrático. Su contrato implica la gestión de los recursos y la solución de los problemas. Punto. Ahí se termina su cometido.

La Declaración Universal de los Derechos del Niño reconoce al no nacido como un niño, y eso se prolonga hasta que alcance su mayoría de edad. Es decir, que esta ley deja a la deriva a dos niños, sin que nadie pueda intervenir en la decisión que el mayor de ellos tomará sobre el destino de ambos. La peor pesadilla de Kafka hecha realidad. Ninguna mujer ha ido a la cárcel por abortar desde el fin de la dictadura, una cosa es despenalizar y otra, bien distinta, es otorgar al aborto el rango de derecho.

Utilizar a las niñas como cortina de humo ante los problemas que necesitan inmediata solución, es mezquino. El gobierno de los mejores, que eso debería ser la piedra angular de la política, se ha transformado en una panda de letristas de chirigotas gaditanas. Ya lo dijo en 1983 el gran pensador socialista Alfonso Guerra; “A este país no lo va a reconocer ni la madre que lo parió”. No sabía el poeta qué alcance iban a tener sus palabras.

Pero para que no nos falte de nada, las niñas pueden acercarse a la farmacia y comprar “la píldora del día después”, y así no tener que pasar por quirófano. Una bomba de hormonas sin ningún control médico que se sirve como aceitunas de Jaén en barra libre. Gominolas para críos como regalo de fin de fiesta. Suma y sigue. Es una falsa sensación de libertad, la velocidad de una montaña rusa que provoca emociones dirigidas por los raíles colocados por nuestro Presidente. Un progresismo de medio pelo que sólo busca el aplauso fácil. Dar vueltas y vueltas en las atracciones no es gratis. Las niñas se exponen a unos riesgos que son incapaces de valorar solas. Es, simplemente, injusto.

Dejando de lado las consideraciones morales, éticas, religiosas o políticas (ese es otro debate), hoy en día la ciencia ha puesto a nuestro alcance numerosos métodos anticonceptivos. La educación sobre su uso o no, sobre la práctica del sexo, sus riesgos, enfermedades o embarazos no deseados, es donde el Estado debe intervenir, siempre en el marco de sus competencias. Sin aplicar criterios partidarios y partidistas. Una buena educación e información, y una legislación que no atente contra los derechos más elementales, dejando a la familia la responsabilidad de transmitir los valores que considere oportunos.

Si lo que pretenden nuestros gobernantes es que nos apartemos de los debates que están estrangulando a la sociedad, lo han conseguido. Pan y toros. Porque aquí se está jugando con la creación de un modelo de sociedad basado en el sálvese quien pueda. Y como dijo Orwell: “Hay momentos de tal degeneración en los que se hace preciso defender lo obvio”.

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