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Anticipo de Navidad

6 diciembre 2009

La cultura laica posee también un particular “Adviento” que es anticipo de la ilusión navideña. Las luces de las calles se encienden con prisa, como queriendo forzar la llegada del gran día. Pero hay un mensaje detrás de este gesto aparentemente irrelevante que se repite cada año antes de la Navidad. Algo en esta “anticipación” apunta más alto, a un preludio existencial que hay que saber vivir.

El trasfondo religioso de la Navidad le otorga todo su sentido. Sin reconocer que celebramos una fiesta religiosa, tendremos que conformarnos con un mal sucedáneo que apenas sirve para una satisfacción momentánea. El tiempo que la Iglesia llama de Adviento es el anticipo que prepara la celebración de la Navidad. Se trata de un tiempo marcado por la espera de la llegada del Mesías, pero todavía más que por la espera, por la esperanza de encontrarnos con Él.
Este tiempo que nos facilita una entrada suave y meditada en el misterio de Navidad puede ayudarnos también a descubrir la importancia de la esperanza cristiana.

La esperanza es el impulso necesario en nuestra condición de “status viatoris”, seres en camino que vivimos en el “aún no” de una promesa de plenitud. La esperanza nos sostiene en la espera de esa promesa. Durante el Adviento, los cristianos alimentamos la virtud de la esperanza recordando insistentemente que nada está perdido, que todo está llamado a renacer, que todo “terminará bien”. Por eso, no hay nadie más “optimista” que un cristiano, porque un optimista cristiano es un “optimístico”, alguien que ve el final feliz de la película cuando realmente termina y que no la estropea contándolo antes.

Filósofos, literatos, teólogos… han reflexionado hondamente sobre la virtud sobrenatural de la esperanza que parece a veces esconderse tras sus dos hermanas mayores (la fe y la caridad), como diría Péguy. Pero la esperanza tiene su protagonismo y es necesario reconocer en qué consiste. Se trata de la Gran Esperanza que Benedicto XVI distingue en “Spe Salvi” y que hace palidecer a nuestras pequeñas esperanzas cotidianas, que no hay por qué despreciar, pero que necesariamente son insuficientes.

En el “ser en camino” que somos, la esperanza es la gasolina que necesitamos para no pararnos. La meta está a alcance, pero no estamos aún en ella, aunque una tentación común en nuestros días sea creer que de algún modo “ya” hemos llegado. En esta presunción queremos forzar (contar el final de la película antes de que suceda) una plenitud que no está madura para nosotros y que llegará a su debido tiempo tras nuestro esfuerzo y la gracia de Dios. Detrás de muchas de las luces de neón que adornan nuestras calles puede esconderse algo de esta presunción que cree no necesitar nada y poseerlo ya todo. Es probable que las luces navideñas se enciendan para esperar simplemente una mesa bien puesta, unos días de vacaciones, o un montón de regalos. Pero nuestro corazón pide una esperanza más consistente. La Gran esperanza trasciende nuestras pequeñas esperanzas y les su sentido total.

Y una cosa más, si la presunción de creer que ya hemos llegado a la meta frustra la auténtica aspiración de la esperanza, hay una perversión mayor que es creer que no podemos llegar, que todo terminará mal. Si la esperanza infantil del que cree que puede tenerlo “ya” todo tiene matices cómicos, la desesperanza del que cree que nada puede empezar de nuevo tiene matices trágicos. Desesperar es dejar de creer en Dios, en su bondad y en su cuidado providente, es dejar de creer que pueda salvarnos. Desesperar, como dicen algunos autores cristianos, es anticipar el infierno (la desesperación infinita), la “no plenitud”. Desesperar es vivir en una senectud que no se corresponde al “status viatoris”, al que le va mejor la esperanza joven, que tiene mucho futuro por delante. La esperanza sobrenatural fundamenta una juventud esencial en la que todo el futuro está sin estrenar.

A este horizonte nos prepara el Adviento. Con este espíritu, podemos encender todas las luces de la ciudad, porque lo que esperamos merece realmente la pena. Y el “Happy End” es el broche de nuestra existencia a poco que nos fiemos de un Dios que es Amor y nos llama a amar con Él y en Él.

Dora Rivas, periodista

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