Terapia para las posesiones
30 noviembre 2009
Me da respeto estrechar la mano del Papa, no por personalismo ni veneración insana. Es que creo que me duele más que a él su convaleciente fractura. Una distancia que, hace pocos días, Benedicto XVI salvó estrechando más bien la mía. Encuentro brevísimo, privado; segundos en que los que le hago alguna confidencia (más contenta que unas pascuas, como dice un buen amigo) y atiende como padre humildísimo mi petición. Sus manos no sueltan la mía. Como se dice entre vaticanistas, este pontificado tiene la eficacia minimalista de los gestos. «Poche parole e sentite!», pero preñadas de respuestas, igual que fluyen en su homilía de inicio de Adviento. Por la mirada del Papa, no me parece que tenga un alma atormentada, pero sí probada; mucho. Y serena; mucho. Más razones para que su proclamación de la auténtica esperanza tenga esa autoridad eficaz del testimonio de fe.
A la hora de la brisa, primeras vísperas del primer domingo de Adviento. Basílica vaticana llena. Oración sosegada. Canto. Y verdades como puños. Que falta hacen. Punto de partida, un tiempo litúrgico «de la presencia y de la espera». «Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos» -proclama Benedicto XVI-; «viene a visitarnos de múltiples formas»; «entra en mi vida y quiere dirigirse a mí».
Una posesión más que deseable, teniendo en cuenta esas otras de las que alerta el Papa, consciente de que «todos experimentamos, en la existencia diaria, tener poco tiempo para el Señor y poco tiempo hasta para nosotros», y que «se acaba por ser absorbidos por el “hacer”». E interroga: «¿No es tal vez cierto que frecuentemente es la actividad la que nos posee, la sociedad con sus muchos intereses la que monopoliza nuestra atención?»; «la certeza de la presencia [de Jesús], ¿no debería ayudarnos a ver el mundo con otros ojos?».
Adviento también es escuela de la «espera» que a la vez es «esperanza». Parvulario, diría yo, visto que no es raro el caso de quien –dice el Papa- «descubre que ha esperado demasiado poco si, más allá de la profesión o de la posición social, no le queda más que esperar». Así, esa vida que nos posee encima se vuelve en espera insoportable si carece de un sentido. Pero cuando «el tiempo está dotado de sentido, y en cada instante percibimos algo específico y válido, entonces la alegría de la espera hace el presente más precioso».
Nada que objetar a los buenos terapeutas de una sociedad posesa; sin embargo, el remedio que propone Benedicto XVI me suena infalible.
Primero: porque alienta con realismo a vivir intensamente el presente, un presente en el que ya nos llegan los dones del Señor; porque anima a vivirlo proyectados hacia el futuro, un futuro cargado de esperanza; porque llama a experimentar la alegría interior porque Dios se ha hecho niño, porque el Señor está presente en cada uno de nuestros días, nos acompaña y un día enjugará nuestras lágrimas hasta el momento, «no muy lejano», en que todo hallará cumplimiento en su Reino de justicia y de paz.
Segundo: porque la cercanía de Dios nos permite hablar con Él, «presentarle los sufrimientos que nos afligen, la impaciencia, los interrogantes que surgen de nuestro corazón»; y porque podemos estar seguros de que «nos escucha siempre».
Tercero: porque, con la certeza de la presencia de Jesús, ya no existe ningún tiempo carente de sentido ni lleno de vacío. «Si Él está presente, podemos seguir esperando aunque los demás ya no puedan asegurarnos ningún apoyo; aunque el presente resulte fatigoso».
Cuarto: porque comprender esta presencia es ya comprender «que los sucesos de la jornada son signos que Dios nos dirige, signos de la atención que tiene por cada uno de nosotros».
Pasamos a los deberes, extremadamente terapéuticos. Como «es muy frecuente que Dios nos permita percibir algo de su amor», el Papa invita a mantener un «diario interior» de este amor: «¡sería una tarea bella y saludable para nuestra vida!».
«Dulce Cristo en la tierra» -lo reafirmo- que nos trae al dulce Jesús: lo pone en nuestros brazos para poseerlo y dejarnos poseer por Él, esperanza cierta. Nadie en su sano juicio dejaría caer a un crío ni permitiría que se lo arrebataran. ¿Bebé medicamento? Este sí que lo es. Cien por cien. Para siempre.
Marta Lago


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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