La barrera invisible
23 noviembre 2009
En algún sitio leí, que en los años treinta, un senador de los Estados Unidos propuso que se cerrara la Oficina de Patentes. Lo consideraba un gasto innecesario porque ya se había inventado todo. Con la que estaba por llegar, pobre infeliz. Si nos viera ahora, tan contentitos con nuestros iPod. Un visionario, sí señor. ¡Ahí le diste!
Desde entonces, los inventos han crecido de forma exponencial. Y cuando aún no han desactivado el detector antichorizos del aparatito, ya ha salido un nuevo modelo que deja anticuado al tuyo antes de que salgas por la puerta. Así es. No vale darle vueltas buscando lo último, lo último siempre sale al mercado dentro de un rato.Lo que sí parece es que los nuevos inventos se basan en el aislamiento. Estamos perdidos como náufragos en islas desiertas amuebladas con todo lujo de detalles, tan ricamente. Una soledad acompañada por tecnología.
Vamos al banco y nos enfrentamos con el cajero automático, vamos de visita y pulsamos en botón del portero automático, llamamos a urgencias y nos salta un contestador automático. Mientras que el mundo se transforma en un enorme bazar automático, nosotros nos vamos convirtiendo en autómatas. Compramos la Coca-Cola en una máquina y el sándwich en la de al lado. Inventos, inventos. ¿Y la gente? ¿Dónde se han metido? No sé. Deben estar todos en la Oficina de Patentes. Hasta los taquilleros del Metro se han esfumado.
Se ha instalado una barrera invisible entre nosotros y los demás. Si vas a farmacia, hablas por un micrófono a través del cristal blindado. Si vas a echar la Primitiva, hablas por un micrófono. Si encuentras al último taquillero del Metro que queda con vida, hablas por un micrófono. En fin, inventos que sirven para alejarnos. Un esfuerzo de la Humanidad por mantener la distancia entre los humanos. Y sin embargo nunca hemos estado tan comunicados. Internet y teléfonos que van en el bolsillo. Andamos por la calle con la llave de todas las puertas al alcance de un botón. Es una chulada, pero podemos pasarnos semanas sin hablar cara a cara con un amigo. Lo único que le falta a Facebook es que nos prepare un café. Llegará.
Inventos que han cambiado las prioridades, dramas que se suceden en función de la cobertura del móvil. Así es. Indefensos si nos quedamos sin batería. Atrapados en nuestra propia trampa. Por Dios, nadie nos enseña a vivir con estos aparatos, y sin embargo no podemos vivir sin ellos. Connecting people.
En la parada del bus, en el ascensor, en cualquier lugar donde se coincide con alguien sólo se ven miradas bajas que exploran el suelo deseando que el momento incómodo termine cuanto antes. Parece que hemos olvidado el saludo, la sonrisa, somos incapaces de comunicarnos sin que medie un invento entre nosotros. Un miedo absurdo al exterior, una nueva forma de ser prisioneros dentro de una pompa de jabón.
Tal vez sería bueno rescatar la propuesta de aquel senador, y cerrar la Oficina de Patentes un par de horas. Con esos minutos a lo mejor nos daría tiempo para ponernos al día. Para aprender a manejar los inventos que ahora nos manejan. Son buenos, muy buenos, vivimos la oportunidad de estar más cerca que nunca de los nuestros, de trabajar de una forma más cómoda de lo que jamás hubiera imaginado nadie, de aprovechar cada momento. Está al alcance de la mano. No es nostalgia. Es romper las barreras invisibles que nosotros mismos nos estamos imponiendo. Recuperar el contacto con la gente, con el taquillero, con el cajero, con el farmacéutico, con el tipo de las quinielas… aunque sólo sea para que nos vuelva a decir: “¡A ver si esta semana hay más suerte!”.
José Cabanach


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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