Un lugar donde quedarse…. Hogar dulce hogar
22 noviembre 2009
Sam Mendes es un director extraño. Su concepción del mundo, más bien pesimista, con unos personajes que en ocasiones rayan lo irritable por su frialdad y su procacidad, muestran una sociedad que para Mendes parece estar deshumanizada. Así hasta esta nueva entrega, Un lugar donde quedarse, su último trabajo en el que presenta, no sin ironía y cinismo, una visión del hombre y su entorno bastante más positiva que en trabajos anteriores.
La película cuenta la historia de una pareja, Burt y Verona, que acaban de saber que están esperando un hijo. Formar una familia parecía algo lejano, y aunque ella no quiere oír hablar del matrimonio, todo se precipita tras la noticia. Pero los padres de Burt se ausentarán durante al menos dos años por un inesperado viaje a Europa (se trata de una oportunidad única que por su puesto no pueden desaprovechar), por lo que la pareja, sin que ya nada les ate a la ciudad donde viven, deciden buscar un nuevo lugar en el que asentarse. Pero su visita a parientes y a amigos a lo largo de todo Norte América, todos ellos de muy variadas situaciones personales, les ayuda a descubrir que lo que estaban buscando tan lejos, estaba justo a su lado. El verdadero hogar ya lo han encontrado… son ellos dos.
Interesante y diferente road movie, con toques de cine independiente, algo a lo que no nos tiene nada acostumbrados el director. Tal vez por ello, se atreva a ser más “libre” y dejar su papel de intelectual progre y descreído.
Reflexionar sobre el hogar es algo muy recurrente en el cine. Se trata en definitiva de la búsqueda de las raíces de uno mismo. Desde Vive como quieras de Frank Capra, la pertenencia a un hogar más o menos normal para sentirse querido y crecer plenamente ha producido interesantes trabajos. En el año 2001 Wim Wenders realizó El hotel del millón de Dólares, película en la que planteaba que la falta de un verdadero hogar desestructura al individuo. En ella, todos personajes viven en un extraño hotel intentando crear su propio hogar en las tristes y destartaladas habitaciones. La frase que resume el film la dice un bien dirigido Mel Gibson: “El hogar de uno es su castillo”.
De manera más irónica Dulce hogar (a veces) de Ron Howard, y muchas cintas que han seguido su estela, plantean la disyuntiva de la necesidad de sentirse queridos y aceptados tal y como somos en un hogar que, a veces, puede resultar caótico.
La más reciente Home: ¿Dulce hogar? Va más allá, planteando el tema de la fisicidad del hogar. Su directora Ursulla Meir, presenta una familia que vive al borde de una autopista abandonada. El día que la reabren a los coches, la familia verá poner a prueba su amor.
En este punto, Home y Un lugar donde quedarse convergen, y donde la reflexión resulta más interesante. Si efectivamente “el hogar de uno es su castillo”, cabe pensar que ese lugar ocupa un espacio más o menos importante.
El hombre tiene alma y cuerpo. Olvidarse de una u otra cosa puede ser igual de dañino para el desarrollo integral de nuestra humanidad. Cuando alguna hermana sentía enflaquecer su fe y quería abandonar su vocación, Santa Teresa de Jesús lo primero que le sugería no era otra cosa si no: “Coma, duerma y descanse, hermana”. La Santa de Ávila, bien conocedora de los misterios del alma, anteponía el bienestar corporal al espiritual para el alma que enfermaba.
Crear un hogar confortable, limpio, luminoso y alegre no es una tarea fácil, pero lo que sí está claro es que para hacerlo, paradójicamente, lo primero es pensar en uno mismo. Uno no da lo que no tiene. Si no tienes paz, es imposible dar paz. Si no tienes Amor, es imposible transmitir amor.
Los protagonistas de Sam Mendes, descubren su verdadero hogar cuando se dan cuenta no sólo de que tienen la capacidad de darse, si no que, por encima del lugar físico, se tienen el uno al otro.
Eva Latonda


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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