La calamidad no es la última palabra sobre el hombre. A propósito de Herta Müller
15 noviembre 2009
Es verdad que tenía un interés enorme por leer algo de la rumana Herta Müller, la Nobel de literatura de este año. Había pocas cosas en español y me fui de cabeza a “El hombre es un gran faisán en el mundo”, quizá porque había leído la explicación de la autora sobre el título.
“He escrito un libro titulado El hombre es un gran faisán en el mundo. Ése es un giro rumano. En rumano es muy frecuente decir: «He vuelto a ser un faisán», que significa: «He vuelto a fracasar», «No lo he logrado». O sea, en rumano, el faisán es un perdedor, mientras en alemán es un arrogante fanfarrón. Como se sabe, el faisán es un ave incapaz de volar, vive en el suelo. Cuando empiezas a cazar y todavía no sabes hacerlo bien, cazas faisanes. La presa más fácil, puesto que el faisán no puede escapar. Los rumanos han incorporado ese rasgo a su metáfora. ¿Y cuál han tomado los alemanes para la suya? Las plumas, el plumaje, lo cual es muy superficial. La vida del animal no interesa a la metáfora alemana; a los rumanos les interesa la existencia del ave, y eso me fascina. El faisán rumano ha estado siempre más cerca de mí que el faisán alemán”.
Me sobrecogió la comparación entre el ser humano y el faisán, un bicho ramplón, apenas listo, siempre a tiro del enemigo. Y me asustó encontrar la frase en el inicio de la novela: “el hombre es tonto y siempre está dispuesto a perdonar”. Pues yo pensaba que, más bien al contrario, la capacidad de perdonar era un plus cualitativo que hacía del hombre un sin par entre las alcachofas y los elefantes de la tierra, que no pueden hacerlo, aunque sí crecer o huir, respectivamente.
La historia de la novela se desarrolla en un pueblo rumano en el que vive una comunidad alemana durante la dictadura de Chauchescu. Todos piensan en huir, pasar la frontera y respirar, pero los papeles sólo están listos para quienes andan dispuestos a perder su dignidad. Como es el caso de la familia del protagonista, cuya hija tiene que perder su virginidad con el responsable de pasaportes para salir de Rumanía.
No hay un solo personaje que lleve una humanidad más acá del rencor o del desarme absoluto provocado por el dolor. El guardián nocturno dice, “una vez dado el primer paso en la vida, todo lo demás marcha solo, dura mucho tiempo y uno no rejuvenece, envejece”. El horror no es que los guardias de Chauchescu roben las gallinas y los huevos del pueblo, sino que sus miembros han perdido la propia estima. Es difícil reconocer un rostro humano. Hasta las moscas parecen encontrarse a sus anchas sobrevolando las manos de un cadáver. Lo más gravoso es que no se encuentra en Müller una mirada de entusiasmo, o inclusive de misericordia, sobre el ser humano.
Pero las experiencias más desgarradoras que se encuentran en la literatura concentracionaria o del GULAG soviético, han sido tratadas por muchos autores como ocasiones para descubrir luces del alma humana. Es el caso de Nicolae Steinhardt, un escritor rumano que se bautizó al cristianismo en las mismas cárceles de Chauchescu. Su Diario de la felicidad es la alternativa más rentable a Müller. Allí dice que en las cárceles nadie pudo quitarle su verdadera humanidad, es más, al salir se hizo monje ortodoxo y vivió hasta el final de su vida en el monasterio de Rohia.
La calamidad no es la última palabra sobre el hombre.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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