Top

Vuelva usted mañana y ponga una reclamación

8 noviembre 2009

Larra acabó por levantare la tapa de los sesos porque era un romántico. Un romántico sin tuberculosis, y eso era como para sumirse en depresión. La necesidad de un sentido trágico de la vida. James Dean del XIX. El bulevar de los sueños rotos. Terminó de una vez por todas con el “vuelva usted mañana”. Se acabó. Punto y final a un país que parecía no crecer, mientras que el resto de Europa vivía al frenético ritmo de una revolución industrial, que aquí no se asomaba ni para preguntar qué tal va eso. Vía estrecha, no queríamos invasores, ya nos zumbábamos nosotros mismos, toda una metáfora. Aquí, mañana. Hoy, estamos ocupados.

Y seguimos igual. Larra, Larra. No vino la revolución, pero llegaron las marcas, los súper, las grandes empresas para vendernos lo que no sabemos construir, porque nunca lo aprendimos. Tan anchos, tan orgullosos, tan nosotros.

Ahora somos más modernos. “Ponga una reclamación”. Un segundo plato al “Vuelva usted mañana”.

Entras en IKEA, ves, mides, calculas, bajas al almacén, te cobras, cargas el coche, descargas el coche, y tarde de domingo montando muebles. Te faltan piezas, la cama se queda coja. Hoy duermes en el suelo. Diseño al alcance de todos. Llamas al nueve cero dos, tú apoquinas. Vuelva usted mañana a por la pieza. Nadie te dice lo siento.

Porque no lo sienten. Estaría bueno. Atasco, y vuelta a los almacenes. Resulta que las instrucciones estaban mal y la pieza no falta. Viaje en balde. Me lo podían haber dicho por teléfono. Ponga una reclamación. Y te largan un formulario por triplicado. Eso es todo. La defensa del consumidor, el cenit del progreso.

Larra, seguimos volviendo para nada. La plaga se ha extendido de la Administración al comercio. Ya no somos románticos, somos pardillos. Cómo lo venías venir, tunante.

Lo fácil, lo sencillo, algo tan simple como una sonrisa al otro lado del mostrador, es cosa de otro tiempo. No quiero poner reclamaciones, quiero que el tipo del otro lado me diga: lamento las molestias. Y que empiecen a tratarme como a un cliente, no como a alguien sin nada que hacer que acude al mostrador para hacerles perder el tiempo. No quiero vivir en el mundo de Tarta de fresa, pero tampoco me atrae la idea de pasarme la vida remontando el río del Corazón de las tinieblas. Es muy cansado y demasiado oscuro.

IKEA es sólo uno más. Un trato aséptico, desinfectado, blanco. “La República independiente de mi casa”, la era del yoísmo, y de puertas para fuera todo importa nada. Una política vital que está terminando con el trato cordial, que está terminando con el trato. Eso lo dice todo. Encerrados en casa y poniendo reclamaciones. El cliente paga, el dependiente proporciona un producto. Una vuelta al trueque, en el que las partes ni se miran, y mucho menos se saludan. El fordismo en su máxima expresión, ya somos parte de la cadena. Hemos cerrado el círculo, Larra. IKEA, y lo que representa, nos ha echado una mano. Larra, tus pistolas aún siguen el Museo Romántico, descargadas, espero. Un símbolo del desastre al que le estamos dando otra vuelta de tuerca. Menos mal que ya no somos tan románticos. Vuelve la tuberculosis, amigo, y la gripe A nos ha pillado con el paso cambiado. Qué chungas se le han puesto las cosas al enanito gruñón.

Un círculo diseñado para tener que volver, porque el diseño a la última está pensado para que se le partan las patas en próxima temporada. No pasa nada, y si pasa, se le saluda… o se le endosa una hoja de reclamaciones.
Montados en el tiovivo sólo vemos nuestro caballo y el inalcanzable cerdito que va delante. Un sube y baja que te obliga a no parar. Pero sería importante echar el freno, aunque sea para empezar de nuevo. Porque sino, menudo futuro: “Vuelva usted mañana y ponga una reclamación”.

Compartir:
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Technorati
  • Digg
  • Sphinn
  • del.icio.us
  • Mixx

Commentarios

¿Tiene algun comentario?





Bottom