Venecia se ahoga
25 octubre 2009
Y vienen y van, y entran y salen, y suben y bajan. Los turistas asaltan Venecia en busca de una foto o de un recuerdo de cristal. Una máscara para colgar en el salón -y quedarse tan anchos-. Un trofeo, un diploma. Unos acordes de la orquesta del Florian, camareros de blanco papal con hombreras doradas de general, y Venecia parece estar enferma. Y se muere, parece nacida para estar muerta. Inmortal sólo en la cámara de los japoneses.
Se hunde, sin remedio, se hunde. Diecisiete millones de viajeros la pisotean al año sin piedad, y eso no hay cuerpo que lo aguante ni mil años que lo resistan. Acabará ahogándose de belleza, como la reina del carnaval, que se casa con el malote del instituto con la esperanza de que el malote cambie. Pero los malotes no cambian. Mal negocio este matrimonio entre tesoros y piratas.
Patrimonio de una Humanidad que acabará por mandarla al carajo. Venecia necesita entrar en quirófano, y apuntalar unos huesos que ya no aguantan de tanto trote cochinero, de monstruos de doce plantas que recorren este Mare Nostrum, que ahora es sólo de Pullmantur. No puede ser que atraquen a cien metros de San Marcos y que San Marcos flote. Uno de los dos tiene que irse a pique, y Venecia tiene las de perder. El bisturí es secar la Laguna y pasar diez años en dique seco hasta terminar el by-pass. No queda otra. Pero los comerciantes se niegan por miedo a que los turistas y sus carteras abandonen al paciente y no vengan ni en horas de visita. Pan para hoy, hambre para mañana. No imaginan a la Serenísima sin agua, sin góndolas y sin el sonido de la Visa.
Andamos a vueltas con el cambio climático, que los Polos se derriten, que la Polinesia va a ser pasto del coral, que Kyoto no funciona y que aquí nadie mueve un dedo por lo que estar por llegar. Unos que sí, otros que no, unos que será y otros que es fantasía. Pero en Venecia, cada vez que suena la sirena por toda la ciudad, los paisanos se calzan las katiuskas porque llega el “Aqua Alta” y lo inunda todo. Y eso no es ni fantasía ni cambio climático. No sube el mar, baja Venecia. Cada vez más. Eso se ve, se siente cuando el agua entra en las zapatillas, y parece normal lo que no es.
Los venecianos consiguieron desafiar a la Naturaleza y levantaron un imposible; ahora, el resto del mundo es incapaz de utilizar su imaginación para mantenerlo en pie. Un puñado de mercaderes se oponen y unos cuantos transportadores de gentes la abarrotan con hordas de clientes. También ése es el lado oscuro de una ciudad que se levantó comerciando con Oriente, globalizando el café, la pasta, la seda, la pólvora y todo aquello que pudieran vender más caro de lo que lo habían comprado. La puerta de Europa hacia un mercado único, que ahora creemos haber inventado.
Prefiero pedir perdón a pedir permiso. Hay que secar la Laguna y reconstruir sus cimientos. Compensar a los comerciantes, por supuesto, compensar a los gondolieri, por supuesto, compensar a sus habitantes, por su puesto. Atraer a los turistas con alternativas. Paseos a pie por los canales secos, ni Casanova lo soñó. Visitas a las entrañas de unos edificios levantados sobre el agua, ni Marco Polo pudo hacerlo. Un espectáculo único para compensar un nuevo reto de Venecia. Si no, se muere. No acabó con ella ni la Peste ni las guerras, acabará con ella la avaricia de unos pocos que prefieren vender sus baratijas de escaparate.
Si no lo hacen, si no lo hacemos, habremos perdido un trozo de nuestra Historia. Quizá el trozo más bello que jamás hemos levantado entre tanta cosa fea.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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