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“Nadja” de Andre Breton

25 octubre 2009

Nadja aparece como una obra compleja, densa en significados y claves —aun en contra de la vo­luntad expresada por su autor. En ella, al lado de la relación experimental que mantuvieron Breton y la protagonista aparente del relato, figuran las formulacio­nes esenciales del Surrealismo en el período al que pertenece, a veces simplemente apuntadas, en otras ocasio­nes más desarrolladas, así como el conjunto de rasgos de la escritura bretoniana.

No permite una lectura cómo­da o relajada, sino que exige, por el contrario, un soste­nido esfuerzo de atención así como una permanente puesta en relación de su texto con otros del Surrealismo.

Se dice de Nadja que es un mero experimento surrealista, donde se concentran todas las claves del Breton purista del método, es decir, escritura automática, lectura psicoanalítica, la apertura de espita de los grados de percepción de la conciencia, etc. A los que nos interesan las perspectivas inhabituales a la hora de consumir historias, nos gusta el reto que Nadja propone.

Ahora se entiende muy bien el Cortázar de Viaje al día en ochenta mundos, una obra que se parece a un patchwork de retales, donde el argentino caza al vuelo ideas y las desmantela, dejándolas al aire, fuera de la leñera, lejos de los humores a lugares cerrados. Y ese mismo es Breton. En su obra no encuentras literatura ceñida, constreñida, reducida a fijaciones métricas. En él suenan las risas de las disonancias.

Nadja existió. Pobre Nadja. Una mujer enamorada del poeta hasta el punto de llegar a perder literalmente el juicio. Su verdadero nombre era Léona. André estaba casado y sólo quería una aventura-escarceo de inspiración con su musa. Pobre Nadja. Se conservan cartas de ella en las que acusa a su amante de haberse sentido olvidada, postergada, “si usted me abandona, me siento perdida”. André dirá posteriormente que ella le tomó por un dios, y esa fue la causa del inicio de herrumbre en su equilibrio.

Me gusta la obra porque evoluciona a saltos, como en el juego de la rayuela, no linealmente, como en las vidas empequeñecidas. No me extraña que Bergson explotara de una vez, cansado de esa consideración del tiempo como una secuencia que casi se puede divisar en el espacio: atrás el pasado, ahora el presente, mas allá el futuro… La historia del hombre tiene mucho más de brotes psicológicos que expanden el tiempo del reloj, y nacen inopinadamente aquí y allá. La explicación que San Agustín da al tiempo entronca muy directamente con esas impresiones de Breton en Nadja. El hombre lo vive todo en presente: el presente pretérito, el presente del presente y el presente del futuro. El presenta del pasado es la memoria, el presente del presente es la atención y el presente del futuro es la expectación. No es una perogrullada, es la mar de humano.

Breton hablará, citando a Mallarmé, del demonio de la analogía, esa imparable concordancia de asuntos que van superponiéndose, que batallan por ganar altura.

¿Quién soy yo?, ¿a quién frecuento?”. Así empieza Nadja, “entre algunos seres se establecen unas relaciones más inquietantes de lo que yo podía suponer”. Esta es la clave. Para el francés las relaciones humanas no llevan una cadenita, en un extremo anda el amo y en el otro, encerrado en una argolla, el perrito. Todo así de organizado. No. Las relaciones son abismos de relaciones, misterio que palpa misterio, no hay nada previsto ni organizado.

Aprecio mucho este juego experimental de Breton, que rompe la textura trillada de toda narración lineal, “ese gran alborear de lo mecánico, sobre un terreno asolado de posibilidades conscientes”.

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